El terrible efecto de defraudar las expectativas

Joan del Alcàzar
24 de Abril del 2016

Cuatro meses después de las elecciones, en el escenario político se están jugando lo que en términos futbolísticos se conoce como los minutos de la basura. Esto es, los minutos finales de un partido en el que el marcador está decidido. ¿Qué va a pasar partir de ahora? 

Resulta difícil aceptar el comportamiento de los partidos políticos mayoritarios. Tras los resultados de las elecciones del pasado diciembre [¡diciembre sí, que se dice pronto!], cobra fuerza la tesis de que las cuatro formaciones más importantes de las Cortes definieron claramente y con rapidez su estrategia. Todo lo visto y oído, pues, durante estas largas semanas no habría sido más que puro teatro; actuaciones que se habrían producido siguiendo un guion detalladamente escrito antes de navidad.

Cada partido habría ejecutado el suyo. El PP decidió que con las cartas que tenía no podía aspirar a otra cosa que a un nuevo reparto, y se encomendó a la demostrada capacidad de su dirigente máximo de no mover un músculo y de conseguir que sus adversarios se desgastaran ante sus respectivas parroquias. En el PSOE, tras los peores resultados de su historia y carcomido por las luchas internas, el sector de Pedro Sánchez apostó por lo único que la facción conservadora del tándem Felipe González / Susana Díaz le permitió: un pacto con la derecha, modelo gran coalición, pero intentando en paralelo romper la unidad precaria de la muy heterogénea fuerza electoral de Podemos. Estos, los comandados por Pablo Iglesias, decidieron que ser tercera fuerza, por detrás del PSOE, era incompatible con el asalto a los cielos anunciado y se aprestaron al desgaste de los socialistas para substituirlos como segunda fuerza parlamentaria tras unas nuevas elecciones. Ciudadanos, fiel a sus objetivos fundacionales, apostó al todo o nada por forzar a los socialistas a una coalición nacionalista y conservadora, muy del gusto del dúo Felipe y Susana.

Tras la inanidad de Zapatero en su segundo gobierno, incapaz de hacer frente a la crisis y a sus demoledores efectos sociales, llegó Rajoy al frente del PP. Prometía todo lo que se debía prometer a un electorado muy castigado: creación de empleo, mantenimiento de la política social y credibilidad internacional. Mintió; mintieron descaradamente y aplicaron una draconiana política de ajustes del gasto público que arrojó unos perversos efectos que se hicieron patentes en un incremento apabullante de la desigualdad social. 

La nula respuesta socialista abrió un espacio político que primero tomó forma en las calles y las plazas y luego, canalizando la rabia y vertebrando la protesta contra los dos partidos sistémicos, cristalizó en un nuevo partido que irrumpió en las elecciones europeas consiguiendo un millón y medio de votos que se convirtieron en cinco millones en las legislativas de diciembre pasado, tras haber entrado con fuerza en ayuntamientos y gobiernos regionales en las anteriores elecciones locales y autonómicas del mes de mayo anterior. 

En paralelo, la derecha también optó por añadir una opción más en el tablero. Disfrazado de renovador, regenerador, moderno y dinámico, el nuevo partido españolista debía ser la opción del electorado de centro derecha asustado por la aparición de Podemos y asqueado por la septicemia de corrupción que aqueja al PP. 

Han pasado cuatro meses y el escenario está enfangado hasta provocar náuseas a buena parte de la ciudadanía. Además de desconcierto y frustración. Se suponía que el país necesitaba reactivarse con urgencia, que había que limpiarlo de corrupción y que se debía de abrir una senda virtuosa en defensa del interés general, en la dirección opuesta a la seguida por los de Rajoy, paladines de los intereses particulares de sus cuadros dirigentes y de sus amigos políticos, particularmente los corruptos y los corruptores del mundo financiero y empresarial. 

Se suponía. Todo eso se suponía. Sin embargo, lo que los partidos mayoritarios están haciendo en la práctica es culpabilizar y castigar al electorado por no haber votado bien, por no haber sabido votar. Ellos no han sido capaces de gestionar sus diferencias, incluso sus antagonismos en beneficio de un gobierno de amplio respaldo para afrontar las urgencias que padecemos; las internas y las externas, que conviene no olvidar el endiablado escenario en el que se ha convertido la Unión Europea, víctima de su insolvencia y de su mezquindad, tanto como asediada por fanatismos propios y ajenos. 

Si no se produce una sorpresa mayúscula que sólo puede ser el resultado de un ataque de sensatez en el Estado Mayor socialista o en el de Podemos, o en ambos a la vez, seremos convocados de nuevo a las urnas. 

El electorado conservador argumenta siempre que todos los políticos son iguales [corruptos e ineficaces, aunque un mal necesario], así que vota por los suyos sin demasiados miramientos. 

El electorado al que, para simplificar, llamaremos progresista es aquél que necesita votar con siquiera unos gramos de ilusión; aquél que es capaz de creer que la política no es algo infecto. Defraudar, una vez más, esas expectativas y que en esa decepción colaboren incluso los que habían inyectado más ilusión y confianza en que todo podía ser distinto, sólo puede tener efectos perniciosos para todos. Quizá el más grave sea que la alianza parlamentaria que podría conformar el PP con Ciudadanos vuelva a gozar de mayoría absoluta para seguir con la demolición de todo lo que es sector público y de lo que son los intereses colectivos.