Democracia y Posmodernidad

Ernesto Ortiz Diego
23 de Febrero del 2015

El proceso que se observa a nivel global se inicia como un rechazo a toda forma de intervención estatal que trata de señalar y llamar la atención sobre la magnitud de un cambio de época que parece anunciar el fin de un proyecto histórico, en su versión liberal, socialdemócrata y socialista. 

Los cambios que se observan a nivel mundial son de tal velocidad y profundidad que por lo mismo tienen un carácter genérico, global e irreversible. 

Al mismo tiempo que crece el desempleo y la pobreza se incrementa las internacionalización y apertura de las economías nacionales. La refundación capitalista, el desmantelamiento del Estado nacional y la supeditación de lo público a lo privado acompañan a la apertura económica. 

Otro de los rasgos dominantes de este cambio es la ruptura entre dos épocas. Por lo mismo se sostiene que es una crisis civilizatoria, que no sólo se parte de Occidente, sino que es una crisis más global. Frente a esta situación, los Estados, los partidos y los distintos sectores sociales se han quedado sin referencias doctrinales e ideológicas, sin mediaciones que ofrezcan alternativas que permitan vislumbrar propuestas diferentes a las que hoy ofrece el sistema capitalista. 

Por lo anterior, la crisis de paradigmas puede ser leído desde Occidente bajo la óptica de la caída del socialismo, que presentó un modelo y una alternativa frente a la democracia occidental. Sin embargo, el problema descansa hoy en cómo entender el presente como momento situacional de construcción del orden del futuro. 

Al parecer la crisis política es vista en el espacio de los paradigmas más bien como crisis de credibilidad y de agotamiento de las formas tradicionales de representación político-partidarias. Se asume que la política no sólo se adelgazó, sino que se despersonalizó. Nicolás Tenzer señala que, al ponerse de manifiesto la individualidad, se pierde el sentido de la masa, de colectividad, del pueblo y de lo popular. 

Esta pérdida de la centralidad de la clase social, del partido, de la masa y la nación provoca una pérdida del sentido de organización; cambian las bases fundamentales de lo público con tanta rapidez que no quedan espacios para que la sociedad formule alternativas políticas. 

Las propuestas ocurren en universos más cotidianos y, por lo mismo, limitados; por eso cobran relevancia la ciudadanización de la sociedad civil, las distintas formas de organización social, y los nuevos movimientos sociales. 

En esta misma línea de razonamiento, Guy Bajoit señala que de manera hipotética puede sostenerse que estamos ante el fin de la era industrial y el paso a otro modelo cultural, razón por la cual deben estudiarse las bases de un nuevo paradigma. Según este autor, los paradigmas económicos y políticos que le dieron sentido a la era industrial: integración, alineación, explotación y conflicto, tienden a modificarse en las nuevas circunstancias. Situación que Alain Touraine entiende como proceso de desmodernidad. 

Por su parte, C.A. Viano afirma que la modernización se relaciona con el significado de la decadencia que acompaña toda transición entre dos épocas que “permiten articular el concepto con el de la recuperación” y, en este sentido, la transición modernizadora significa la completa renovación del viejo paradigma y la emergencia de otro nuevo. 

En estas circunstancias, el cambio se da cuando el Estado entiende que para subsistir está obligado a cambiar y su futuro depende de la celeridad de la modernización, de su alcance y profundidad. 

En realidad, lo que se ha producido es un hecho básico: la conciencia de una nueva realidad cultural; de una nueva percepción del tiempo, del arte, de la sociedad, así como de la crítica filosófica, la lógica productiva y la lógica política. En general, las grandes ideas y valores que utilizamos en el pasado para relacionarnos en la vida privada y colectiva carecen en la actualidad de sentido y significación. 

Es decir, la globalización genera, como proceso totalizante, espacios de oportunidad que permite hacer posible la administración nacional de ese proceso o, por lo contrario, impide esa posibilidad. 

En opinión de Luciano Tomassini (La política internacional en un mundo pos-moderno, Editorial Gel, Buenos Aires, 2008), esto puede conducir al surgimiento, a la indeterminación, la flexibilidad o la inflexibilidad, a la ambigüedad de la realidad y a la imposibilidad de que la sociedad sea conducida en forma racional.

Bajo la perspectiva de Luhmann, “la nueva realidad puede conducir al riesgo y al caos”, y según Balandier, al azar y al desorden y en general a la incertidumbre como los nuevos problemas políticos que aquejan a la realidad y a la teoría política contemporánea. 

El riesgo de esta situación es que la política se despersonalice y la sociedad tienda a hablar más de economía, salud, educación, seguridad pública, medio ambiente, familia, es decir, de contenidos más pragmáticos, y dejar la política para los medios de comunicación y en su caso para el mercado político. 

El enfoque de la posmodernidad tiende a sobredimensionar la “práctica” en contraposición con la “teoría”, lo que significa una desvalorización de la teoría y una revalorización de la práctica, lo que da lugar a posiciones políticas llamadas “pragmáticas y realistas”. 

El conjunto de enfoques y opciones analíticas que tuvieron una presencia significativa en el pasado por su contenido teórico e histórico, en la actualidad han empezado a ser excluidas del campo analítico por la necesidad de repensar y rediseñar los marcos de referencia acerca de la realidad y del conocimiento de ella. 

De ahí que conceptos tales como la nada, la incertidumbre, el desorden, el riesgo, el caos, el sistema, la gobernabilidad e ingobernabilidad, y el neoinstitucionalismo, pasaran a ocupar un lugar privilegiado en el análisis político. 

La anterior exposición plantea la interrogante de si los nuevos problemas representan una “reestructuración teórica” o si, por el contrario, sólo es resultado de una desorientación teórica frente a una serie de acontecimientos y hechos que suceden en el mundo actual, que tienen un ritmo al que se suma la velocidad de la desinformación.

En el nuevo contexto de transición a la posmodernidad, o como dice Claus Offe, al “poscapitalismo”, surge la crítica que no es para el capitalismo, es una crítica al modelo intervencionista, al modo de vida, a la sociedad y a la cultura occidental desde distintos ángulos, como el proyecto no resuelto de la modernidad, Jürguen Habermas se distingue en esta perspectiva; la sociedad posindustrial de Daniel Bell, y la crítica filosófica de Jean François Lyotard y Ginni.

En paralelo a esta situación, se asiste en la dimensión política a la revisión de los conceptos del Estado, del poder, a la crisis de los partidos políticos, al adelgazamiento o despersonalización de la política, a la redefinición del papel de las organizaciones sindicales, al surgimiento de nuevos actores con una presencia significativa de la mujer, los jóvenes y las organizaciones étnico-raciales. Irrumpe un parroquialismo organizacional que da lugar al “retorno a la sociedad civil”, gira la actividad política, lo que provoca el debilitamiento de la importancia que tuvieron las ideologías y las propuestas doctrinales. 

La democracia y el impacto político de las reformas estructurales en América Latina

Sin duda alguna, las reformas estructurales de primera y segunda generaciones, ha cambiado la estructura económica de los países y la vida política nacional ha sufrido importantes transformaciones. En este proceso de gran importancia, el problema para América Latina es construir un orden democrático y superar los obstáculos que surgen de las debilidades institucionales, de la cultura política tradicional y de la crisis de los partidos políticos. 

Las décadas pasadas, así como la presente, significa el inicio de una gran transformación político-social que afecta a la región latinoamericana; en el plano político, la consolidación del paradigma democrático; en lo social, la diferenciación y la explosión del múltiples comportamientos colectivos, con identidades ocupacionales diversas. 

En el plano económico, la reintegración de la economía nacional al mercado internacional a través de políticas de ajuste estructural y de privatización, y el de modernización económica. 

Superada la primera generación de reformas de América Latina, el Banco Mundial publicó en el 2001 un informe, “The Long March”, en el analizan los resultados de ese proceso. Dicho informe concluía que el crecimiento económico logrado con las reformas no se había traducido en una reducción de las desigualdades y la pobreza en América Latina; además señalaba que los objetivos de crecimiento sostenido y reducción de la pobreza exigían una reforma de las instituciones. Para el BM no era posible el desarrollo de la región sin las reformas institucionales requeridas a nivel político y del Estado de derecho. 

Para el BM, un cambio en las condiciones políticas puede lograr, a través de la cadena de responsabilidades y controles que se establece primero entre el electorado y sus representantes políticos y después entre éstos y los ejecutores de las políticas, un cambio en el comportamiento de la burocracia y en la estructura del sector público en América Latina. 

En esta perspectiva, pensar la democracia como dice el sociólogo Marcos Roitman (Chile, 1955) significa entender su existencia en relación con “la economía de mercado, igualdad y competitividad, progreso y desarrollo”. Hoy es habitual encontrar distintas opciones teóricas en el debate que sobre el proceso democrático se observa en la región. Retomamos en el siguiente capítulo algunas de las importantes opciones teóricas sobre la democracia, por su consistencia argumentativa y el impacto que tienen en el debate académico y político. 

El pensamiento único

La visión planteada por el pensamiento único sugiere pensar la Democracia en el marco de la sociedad poscapitalista, en la que no hay opciones antagónicas o contradictorias del mundo social (Rafael Montesinos y François Brune).

Lo diferente se vuelve indiferente, sólo es posible una sola opción marcada por el modelo económico vigente. Esta corriente niega la vigencia del pensamiento crítico o alternativo (Marcos Roitman). 

El institucionalismo

Otro enfoque todavía vigente en este contexto es el institucionalismo clásico utilizado ampliamente en la política comparada y en la dimensión jurídica del debate. Su aporte original se sitúa en la ley y la Constitución, las formas y particularidades de la evolución de las diferentes formas de Estado, soberanía y régimen jurídico. 

Analizar esta orientación teórica, las relaciones entre nación y el Estado, el gobierno central y el local, la administración y la burocracia, las prácticas y principios constitucionales. 

El institucionalismo clásico da prioridad a la explicación de la reforma electoral, los derechos y sus garantías. Los sistemas federales y unitarios, centralización y descentralización, regionalismo y localismo, problemas de representación mayoritaria y minoritaria, sistemas bipartidistas y multipartidistas, comités electorales, procedimientos, votaciones y el papel de la opinión pública y de los conflictos nacionales, hay que dar respuesta a la pregunta ¿qué arreglo constitucional es el más apropiado para el funcionamiento de la democracia?

El institucionalismo se preocupa por la democracia como un “sistema de orden”. En este sentido, Inglaterra fue el prototipo de la democracia parlamentaria, y el sistema político de los Estados Unidos fue considerado el sistema presidencial modelo. En este marco, el institucionalismo se preocupa por explicar la relación política entre orden y opción, individuo y comunidad, derechos ciudadanos y obligaciones, de acuerdo con la responsabilidad pública y el consumo, autoridad ejecutiva y legislativa, soluciones electorales y jurisdicción de los tribunales de los partidos políticos (Duverger, 1954) (Ostrogorski, 1964).

El neoinstitucionalismo

Para el nuevo institucionalismo el desafío para los países consiste en ver si es posible realizar la transición a la democracia. Para los países ya democráticos, el reto es ver si pueden reforzarse las nuevas instituciones y prácticas democráticas. En cambio, para las nuevas democracias es ver si pueden consolidarse, de modo que pueden pasar la prueba del conflicto político y la crisis. Para las viejas democracias, el reto consiste en perfeccionar y profundizar la democracia. 

En esta perspectiva, Roberth Dahl (EU, 17 de diciembre de 1915-5 de febrero de 2014) distingue la democracia ideal y la democracia real. La primera entendida como la mejor forma de gobierno posible y, la segunda, se refiere al gobierno en efecto existente. 

Roberth Dahl incluye algunos criterios en la Democracia ideal: participación efectiva, igualdad de voto. Ejercitar el control final sobre la agenda, libertad personal de los ciudadanos y competencia de los ciudadanos para gobernar.

En cambio en la Democracia real es fundamental preguntarse sobre las instituciones políticas necesarias para un país democrático. Dahl distingue algunos requerimientos mínimos en la Democracia real: cargos públicos electos, elecciones libres imparciales y frecuentes, libertad de expresión, fuentes alternativas de información, autonomía de las asociaciones y una ciudadanía inclusiva (poliarquía).

Concluye que el capitalismo de mercado es favorable a la democracia por sus consecuencias sociales y políticas (Dahl, 1999). 

Podemos señalar que este enfoque forma parte de lo que llamamos “neoinstitucionalismo”, otorgándole al sistema político un aspecto central; además del comportamiento político, incorpora la práctica del voto, el análisis de los partidos políticos, cómo se forman las coaliciones, cómo cambian las actitudes políticas y el papel de las élites, las burocracias y los políticos (Lipset, 1994; Rokkan, 1970) (Linz y Stephan, 1978) (Apter, 2001) (Crozier, 1990). 

Los neoconstitucionalistas se abocan también al análisis de las “transiciones a la democracia”, basada en casos históricos. Se distinguen los trabajos de O´Donell y Witehead (1994) y los de Schmitter (1999) y Juan Linz (1987). 

Otros enfoques

Otros analistas han dado prioridad a la relación entre el capitalismo posindustrial y la democracia parlamentaria y el significado de las movilizaciones sociales y el activismo antisistema (Hirschman, 1996) (Touraine, 1995). 

En esta misma perspectiva se han realizado estudios comparados que incorporan los factores de educación, tasas de crecimiento y urbanización. 

Otra tendencia es la elección racional aplicada a la problemática de la democracia que considera la relación entre el mercado económico y el político (Anthony Downs, EU, 1930); John Rowls, EU, 1921-2002). Otros autores incorporan la cultura política como las tradiciones históricas, la comunidad cívica y en qué medida las tradiciones y las transformaciones culturales impactan en la Democracia (Abramson e Inglehart, 1995). 

Por su parte, Lawrence Whitehead incluye en el análisis la necesidad de periodizar la transición a la democracia en ruptura, liberalización, transición, consolidación y calidad de la democracia (Universidad de Oxford). 

Las preocupaciones de los desarrollistas, entre quienes destacan David E. Apter, Ralf Dahrendorf, Alain Touraine y Albert Hirschman se concentran en el análisis sobre el Estado desarrollista que debió asumir responsabilidades para hacer posible el desarrollo y el crecimiento y, al mismo tiempo, asumir los costos sociales y políticos. De manera que la democracia era vista como el proyecto que crea las condiciones para el desarrollo, promovieron sus análisis al priorizar problemas del cambio social y su relación con la democracia; orientaron su explicación en las situaciones de estabilidad, inestabilidad, equilibro inestable, crisis política, con lo que se originaron la distinción “tradición versus modernidad”. Dieron gran importancia a los problemas del desarrollo, la hegemonía, el poder, la ideología, la movilización partidista, los movimientos de masas, el populismo y el nacionalismo.

De manera reciente, el debate se ha orientado a los riesgos y ventajas del régimen presidencialista, asociada con las rupturas institucionales. Asimilan presidencialismo a problemas de gobernabilidad y estabilidad democrática. Este enfoque debate acerca de la eficacia, funcionamiento y desempeño de los regímenes presidencialistas concentrándose en las fallas y debilidades del presidencialismo, en comparación con la Democracia Parlamentaria (Juan Linz y Arturo Valenzuela, 1997). 

La reforma del Estado

John Williamson (Inglaterra, 1937) plantea la Reforma del Estado, como un proceso inherente a la transformación social (reformas de primera y segunda generación). 

El momento actual es visto como un tránsito y ruptura con el viejo orden, y es en este contexto que debe entenderse la reforma estatal del sistema político y del régimen jurídico que se observa en la región latinoamericana. 

El tránsito planteado así por Williamson obliga al Estado a un nuevo protagonismo, a las fuerzas políticas a una redefinición ideológica y a los ciudadanos a la necesidad de enfrentar las nuevas condiciones laborales y económicas definidas por la economía de mercado. 

La reforma estatal no es una simple reconstrucción o renovación de antiguas estructuras y método; se trata de la construcción de un nuevo proyecto estatal, y la instauración de instituciones renovadoras y depuradas de sus vicios anteriores en un nuevo espacio político, producto de una nueva relación entre la tecnocracia, las instituciones emergentes y la sociedad civil, los partidos políticos y las organizaciones sociales. 

En este marco la Reforma estatal adopta hoy en América Latina una tendencia a desempeñar un nuevo rol, en el que abandona buena parte de sus antiguas responsabilidades sociales, consideradas como “no rentables”. Las propuestas a favor de la descentralización se forman tanto en países de organización política unitaria (Chile, Perú, Colombia, Uruguay, Bolivia) como en aquellos en los cuales el sistema político ha sido, en virtud de la reforma de organización federativa, formalmente descentralizado (Argentina, Brasil, Venezuela).

El debate en los países de la región busca establecer fórmulas para lograr que el Estado sea menos costoso para los contribuyentes y que actúe de manera mas eficiente y transparente frente a los ciudadanos. De ahí que en algunos países, como Chile y Brasil entre otros, se aplicaron algunas medidas para elevar la eficiencia del aparato estatal: la descentralización, profesionalización de los servidores públicos y la desregulación de los sistemas administrativos. 

De ahí que la descentralización y la transparencia de la gestión pública es expresión de un “nuevo modo de acción pública” en virtud de la cual el propio espacio de los “privado y lo público” tiende a ser redefinido. 

En esa perspectiva, la actitud de los gobiernos que asumen la redefinición estatal busca generar un impacto en las nuevas formas de participación y en el debate sobre el espacio político que debe crearse a través de las nuevas modalidades de gestión gubernamental, definidas éstas como buen gobierno [gobernanza y reingeniería estatal] (Dror Yehezkel, La capacidad de gobernar, FCE, 1997).

La autojustificación de la nueva gestión estatal descansa en que el tiempo político que lo anima no corresponde al del resto de la sociedad. 

La nueva gestión estatal y el saber en el cual se suscribe le otorga a la decisión gubernamental un carácter desideologizado, lo que permite al Estado ubicarse por encima de la sociedad. El Estado en esta perspectiva se conceptualiza como la “organización organizada de organizaciones (ooo), concepto que facilita entender la orientación de la gerencia estatal y la gobernanza. 

Así, la modernización para América Latina se convierte en un referente, desde el cual se organiza la Reforma estatal y se busca definir el futuro que se intenta construir. De esa manera, la “modernidad-posmodernidad” se constituye en el tema central de actualidad, como el espacio que marca la necesaria Reforma del Estado. 

Lo que está en juego es una lucha por la redefinición del agotado proyecto anterior y la emergencia de otro. Como lo plantea Touraine, es la articulación entre dos mundos: el tradicional y el moderno. 

En este sentido, no es exagerado pensar que vivimos una transición histórica similar a la que se dio en el pasado en el surgió el Estado moderno europeo, el capitalismo y la ciencia cuyos efectos transformaron la configuración de las sociedades de Occidente.

A partir de la década de 1980, la región latinoamericana optó por un nuevo paradigma de desarrollo económico, impulso a las exportaciones, integración a la economía mundial, redimensionamiento del Estado y la reforma estructural. 

En esas condiciones, de modo literal los individuos se quedaron sin representación política; de allí la tendencia a la apatía, a la confusión, a la desorientación, a la desafección y el desinterés por la política. Situación que según el BID encamina a la región a la llamada Democracia fallida, entendida como una Democracia sin contenido político y, por lo mismo, sin la posibilidad de garantizar la satisfacción de las cada vez más amplias necesidades y demandas de las sociedades de la región latinoamericana. 

Por último, conviene señalar que en la discusión política sobre el tema han influido diversos marcos teóricos, como la teoría de “Public Choice” y el de “Reinversión del Estado”. De acuerdo con el segundo enfoque, el caso de Nueva Zelanda “Reinventig Government” que plantea un Estado que trabaje mejor y cueste menos. 

La experiencia de Nueva Zelanda es retomada como ejemplo, como una vía radical para lograr los tres objetivos sobre los cuales existe consenso: reducir el costo del Estado, mejorar su desempeño y hacerlo más transparente y responsable (accountability).