El Pensamiento Sociológico (II): Los Contemporáneos

Ernesto Ortiz Diego
17 de Enero del 2015

INTRODUCCIÓN

Los autores citados (Augusto Comte, Carlos Marx, Émile Durkheim y Max Weber) en el ensayo anterior realizaron sus aportaciones en un momento en el que la Sociología como tal no existía y establecieron el marco de referencia de dicha ciencia social. 

Este ensayo es un intento, con la ayuda de tres ejemplos, de demostrar qué tipos de aportaciones ha hecho la Sociología desde los clásicos hasta ahora. Los tres ejemplos hacen referencia a los tres grandes lemas de la Revolución Francesa: libertad. Igualdad y fraternidad. Estos tres grandes principios no poseen una aplicabilidad inmediata y transparente, sino que presentan importantes límites y problemas.

Nuestro objetivo será mostrar la manera en que la Sociología puede ayudar a identificar e iluminar estos problemas. En primer lugar, los actos: reflexionaremos acerca del ideal de libertad no como libertad política, sino como autonomía, en el campo de la cultura, del individuo respecto de la sociedad.

En primer lugar, ¿Cuáles son los límites de la autonomía individual? ¿Qué relación hay entre individuo y sociedad? En segundo lugar, los tratos: examinaremos, con la ayuda de la Sociología de la Educación, el ideal de igualdad de oportunidades. ¿Hasta qué punto la escuela garantiza o no la igualdad de oportunidades? ¿Cuál es la relación entre educación y desigualdad? En tercer lugar, hablaremos de los pactos y los vínculos: analizaremos el ideal de fraternidad en relación con los cambios que están produciendo la modernidad y la globalización en la identidad. 

Institucionalización y fragmentación de la Sociología contemporánea 
 
Augusto Comte fue el primero en utilizar la palabra Sociología, pero casi un siglo después todavía no existía la disciplina como tal y como la conocemos ahora. Weber utilizó la palabra en contadas ocasiones, mientras que Durkheim dedicó una parte de sus esfuerzos a su institucionalización académica.

A pesar de todo, fue en Estados Unidos donde primero se consiguió esta institucionalización. En las universidades norteamericanas el control de la universidad no estaba tan centralizado como en las europeas, hecho que facilitó la introducción académica de una disciplina todavía joven como la Sociología. También influyó en ello la idiosincrasia del medio oeste americano, que, caracterizado por una especial predilección por las preocupaciones de la vida cotidiana, lucha por imponerse al tradicionalismo y al aristocratismo cultural del este y a su orientación –igual que en el continente europeo- hacia el humanismo clásico. 

La llamada escuela de Chicago contó, desde buen principio, con presencia organizada en revistas, asociaciones, etc. Durante las tres primeras décadas del siglo XX, con el impulso de la escuela de Chicago, se publicaron textos, se prepararon cursos, se impartieron conferencias y se escribieron tesis doctorales bien dirigidas. El interés público por la Sociología aumentó y se crearon puestos de trabajo para sociólogos como profesores universitarios, así como una asociación profesional. La Sociología de Chicago se extendió por todo el país (y, especialmente, por el medio oeste). 

Estados Unidos: funcionalismo y empirismo 

Durante los años treinta hubo una gran cantidad de científicos e intelectuales europeos que, huyendo del nazismo, se instalaron en Estados Unidos. Durante el transcurso de la mencionada década de los treinta la Escuela de Chicago continuó siendo el centro de los estudios sociológicos en Norteamérica, aunque también fue la década de su declive. Tanto sus técnicas de investigación como su perspectiva teórica perdieron la preponderancia de la que habían disfrutado, y otros centros pasaron a polarizar la sociología norteamericana. Este declive no fue sólo el producto de la desaparición de sus grandes figuras, sino también del apaciguamiento del tipo de problemas que habían centrado su atención (inmigración, desorden urbano o marginalidad, entre otros). 

El funcionalismo de Parsons y el empirismo de Lazarsfeld 

Desde la Universidad de Harvard, Talcott Parsons (1902-1979) se erigió en el gran focalizador de la Sociología del país. A partir de la publicación en el año 1937, de La estructura de la acción social, su perspectiva teórica, el funcionalismo, se convirtió en la perspectiva hegemónica en Estados Unidos y, por extensión, en el mundo entero. Con este libro Parsons pretendía revisar las nociones de autonomía y racionalidad individuales que fundamentan la teoría liberal utilitarista y, todo esto en el marco del gran desconcierto que se produjo después del crac de 1929.
 
Parsons realizó una síntesis de los clásicos e intentó elaborar una teoría general, abstracta hasta la exageración, que se convirtió en lo que se conoce como funcionalismo o estructural funcionalismo. El sociólogo norteamericano combinaba, en un difícil equilibrio, voluntarismo y explicación funcional.

El funcionalismo es, en el fondo, una adaptación a la Sociología del mecanismo de explicación de la teoría de la selección natural darwiniana […] La Sociología funcionalista, en una explicación análoga, analizaba cualquier institución social en relación con su función para el mantenimiento del sistema social, es decir: la sociedad

Los discípulos de Parsons se repartieron por todo el país y durante treinta años el sociólogo de Harvard fue la principal figura de la Sociología, y no sólo de Estados Unidos, sino del mundo entero. El funcionalismo estructural fue el paradigma hegemónico y, en este periodo, por primera vez se constituyó una sociedad sociológica internacional.

El tipo de investigación empírica que había caracterizado la Escuela de Chicago dejó de ser el modelo de referencia en el que se basaba todo el mundo. En la época durante la cual tanto los mercados como los medios de comunicación pasaron de ser locales a ser nacionales, apareció otro tipo de investigación aplicada. Desde los años treinta la investigación se decantó hacia el análisis de la comunicación de masas y los estudios de mercado. La etnografía y la entrevista, característica de la Escuela de Chicago, fueron sustituidas por el sondeo, y los destinatarios de la Sociología pasaron a ser las grandes corporaciones privadas (medios de comunicación, empresas, etc.). 

La institución de Harvard designada para impulsar la investigación aplicada, el Laboratory of Social Relations, nunca cumplió las expectativas que se habían depositado en ella. Fue la Universidad de Columbia (Nueva York) la que, gracias a Paul Lazarsfeld (1901-1979) y al Bureau of Applied Social Research, se convirtió en el auténtico epicentro de la investigación social norteamericana. Lazarsfeld desarrollo aquella investigación basada en los sondeos y en las encuestas que todavía hoy muchas personas identifican como sinónimo de Sociología. El Bureau of Applied Social Research abrió sucursales en todo el país. 

La Universidad de Columbia también fue sede de un ex alumno de Parsons, Robert K. Merton (Filadelfia, 4 de julio de 1910-Nueva York, 23 de febrero de 2003). Padre del Premio Nobel de Economía 1997, Robert C. Merton), que acabó convirtiéndose en la otra figura del funcionalismo. Merton desarrollo un funcionalismo un poco menos abstracto, más preocupado por la relación entre la gran teoría y la investigación empírica, demasiado a menudo muy alejadas la una de la otra. Por este motivo reivindicó la importancia de lo que él llamaba teoría de alcance medio, que se caracterizan porque unificaban hipótesis y uniformidades empíricas que, de otra manera, aparecen disgregadas.

Merton también introdujo la distinción entre funciones y disfunciones, por una parte, y funciones manifiestas y latentes, por otra. Un rasgo disfuncional es aquel que, en lugar de colaborar en el mantenimiento del todo, lo entorpece. Una función manifiesta es la que tiene consecuencias para una unidad específica (el individuo, el grupo, la sociedad, etc.) y que es el motivo consciente de los individuos y, por lo tanto, posee un carácter objetivo (función) y subjetivo (motivación). La función latente, en cambio, sólo presenta el carácter objetivo (función), pero no forma parte de la motivación consciente de lo individuos. 

Al mismo tiempo, algunos alemanes de la llamada Escuela de Frankfurt que emigraron a Estados Unidos aportaban un contrapunto a esta Sociología norteamericana dominante. Representaban la herencia europea de Marx y Freud y, en el marco de su crítica al capitalismo, cargaban contra la especulación técnica y la falta de espíritu de la ciencia social norteamericana. 

Para la Escuela de Frankfurt se entiende el grupo de estudiosos del Institut für Sozialforschung. Su producción intelectual se acostumbra a denominar teoría crítica, y tiene sus raíces en una revista crítica del marxismo. El Institut fue fundado en 1923, pero con el nazismo se obligado a cerrar, y a la mayor parte de sus figuras emigraron. Su destino final, después de pasar por París y diferentes universidades norteamericanas, fue el Institut of Social Research de Nueva York. En 1950 el Institut für Sozialforschung reformó sus actividades de Frankfurt. 

Marcuse

Marcuse

Los nombres más conocidos son Max Horkheimer (1895-1973), Theodor Adorno (1903-1969) y Herbert Marcuse (1898-1073), Erich Fromm (1900-1980) y Walter Benjamín (1892-1940), que se suicidó en Portbou cuando huía de los nazis en el año 1940, también formaron parte del Institut, aunque sólo temporal o indirectamente. Jürgen Habermas (1929), en activo actualmente, es heredero del Institut, aunque con una orientación que rodeaba a Adorno y Horkheimer consideraba la orientación del Habermas consideraba no sólo ajena, sino incluso hostil a la institución). 

La derrota del funcionalismo 

Ya desde el principio el funcionalismo ha tenido tres críticos, aunque su hegemonía había sido notable. Su declive no empezó hacia los años sesenta, cuando el estado de bienestar aumentó fuertemente la demanda de investigación social. El Estado necesitaba información sobre el resultado de sus políticas, y una Sociología que le respondía que todo era “funcionalmente interdependiente” no le servía de nada. La misma evolución teórica de Parsons también espoleó las críticas. De esta manera se llegó al final de la convergencia teórica que, de algún modo, había sido proporcionada, por una parte, por el clima de unidad interna creado durante la Segunda Guerra Mundial y la guerra fría y, por la otra, por la profesionalización en la que estaba entrando al Sociología. 

Fromm

Fromm

En el año 1959 el sociólogo norteamericano Charle Wright Mills (1916-1962) publicó La Imaginación sociológica, libro en el que atacó la sociología de su país porque era o bien una “gran teoría”, como la producción extremadamente abstracta y conceptual de Talcott Parsons, o bien un “empirismo abstracto”, referente a las investigaciones meramente estadísticas de la mayor parte de la sociología norteamericana liderada por el modelo de Columbia. Wright Mills, que murió en 1962, se considera un sociólogo radical que dirigió sus ataques a las elites y a los grandes intereses que manipulan al “hombre común”. Aunque no estuvo vinculado con ningún grupo político, su pensamiento influyó sobre la nueva izquierda norteamericana.

Con la aparición de los nuevos departamentos de Sociología en universidades del oeste como UCLA (Los Ángeles) o Berkeley (San Francisco), tanto Harvard como Columbia perdieron su hegemonía y empezaron a aparecer perspectivas críticas con el funcionalismo. A la vez que el consenso social de la guerra fría dejaba paso a las protestas por la guerra de Vietnam y a la emergencia de nuevos movimientos sociales (feminismo, pacifismo, derechos civiles, etc.), en Sociología se creó un nuevo consenso, no sobre la validez de una nueva perspectiva, sino sobre la inviabilidad del paradigma funcionalista.

La explicación funcional del funcionalismo estructural cayó por su propio peso, ya que, si bien en Biología el mecanismo de la selección natural hace viable este tipo de explicación. En Sociología nunca se había explicitado un mecanismo análogo que la justificase.

Paralelamente a la pérdida de importancia de la teoría funcionalista, tuvo lugar una transformación en la investigación empírica. De la investigación con responsabilidad privada y local propia de los estudios de mercado y de comunicación de masas que habían caracterizado a Columbia se pasó –como consecuencia de las demandas del estado de bienestar- a una investigación con responsabilidad pública nacional. La investigación en políticas públicas (social policy research) aumentó de una manera espectacular y, a diferencia de las dos etapas anteriores de la investigación social (predominio de Chicago primero y de Columbia después), esta nueva fase se caracterizó por la dispersión y la ausencia de un centro focalizador. 

La idiosincrasia de Europa

Mientras tanto, en Europa, tras la aportación de los clásicos, la Sociología no se había institucionalizado con la misma fuerza que en Estados Unidos. Sin una presencia significativa en las universidades ni una organización institucional sólida (revistas, congresos, cursos, etc.), la continuidad fue imposible y sólo algunos autores hicieron aportaciones consistentes. 

La ausencia del pensamiento original

La ausencia de institucionalización en Europa se explica en parte por el carácter tradicional y humanístico de la unidad europea, por la ausencia de investigación empírica que justificase la existencia de la disciplina y, finalmente, por el radicalismo anticapitalista de los intelectuales. La crisis europea de los años treinta y las dos guerras mundiales hicieron el resto. 

En el periodo clásico de la Sociología, mientras Estados Unidos se alimentaba de la rica tradición europea, en Europa los países principales (Alemania, Francia e Inglaterra) actuaban como si “sociológicamente” los demás no existiesen. Con el tiempo, la Sociología norteamericana se convirtió en el centro y la europea, en la periferia, y durante este dominio norteamericano se creó una cultura sociológica internacional. 

En Europa sólo figuras aisladas como Karl Mannheim (1893-1947) o Raymond Aron (1905-1983) mantenían viva la tradición, pero no había nada que se pareciese a la profesionalización norteamericana. Paradójicamente, el continente de donde habían surgido los grandes clásicos no jugó ningún papel destacado en la institucionalización de la disciplina. 

El resurgimiento 

Después de la Segunda Guerra Mundial esta situación cambió. Numerosos estudiantes europeos partieron hacia Estados Unidos para estudiar Sociología. Se desarrollaron nuevas universidades e instituciones que incorporaron la sociología y que, además, se convirtieron en una sede importante del movimiento antifuncionalista. 

En unos cuantos años, la Sociología europea volvió a contar con grandes figuras entre sus filas: el sociólogo alemán Jürgen Habermas (1929), que partió de la obra de la escuela de Frankfurt; el francés Pierre Bourdieu (1930), influido por el estructuralismo francés, y el inglés Anthony Giddens (1938), que, con su teoría de la estructuración, intentó realizar una síntesis catalizadora. Las tres eran perspectivas teórica ambiciosas que, en oposición con las implicaciones conservadoras del funcionalismo estructural, se caracterizaban por un claro talante crítico. 

Los grandes temas de la Sociología actual: cultura, educación e identidad

Hemos visto que desde el periodo funcional de la Sociología, en el que los clásicos sentaron las bases de la disciplina, el panorama se ha ido haciendo cada vez más complejo. La multiplicación de especializaciones y perspectivas teóricas ha desintegrado cualquier unidad posible en más fragmentos de los que es posible controlar. 

Por eso este apartado presenta como punto de partida la renuncia a ofrecer una visión comprensiva o representativa de lo que ha sido la Sociología desde los clásicos hasta ahora. En lugar de ofrecer al lector un inventario, nos limitaremos a ilustrar mediante ejemplos el tipo de aportaciones con las que puede contribuir la Sociología. Como ya advertíamos en la introducción, para enfatizar la conexión entre Sociología y modernidad, organizaremos este ejercicio a partir de los tres elementos del lema de la Revolución Francesa: la libertad, la igualdad y la fraternidad. Los principios ideales presentan, en el momento de llevar a cabo su aplicación, importantes problemas. La Sociología puede ser un buen instrumento para realizar un inventario de estos problemas que, de algún modo, no son sino los límites de la modernidad. 

La libertad

Uno de los fundamentos ideales de nuestra sociedad es la libertad. Aquí no hablaremos de la libertad política, sino de la noción de autonomía que se esconde tras nuestra noción de individuo. Solemos pensarnos como individuos básicamente autónomos y, por lo tanto, hasta cierto punto autosuficientes de la comunidad que nos rodea. La Sociología, a la vez que se ha visto fuertemente influida por estas ideas, también ha aportado elementos interesantes para revisarlas. Lo ilustraremos con el ejemplo del estudio de la cultura. 

Alta cultura e industria cultural

Desde los años veinte los integrantes de la escuela de Frankfurt elaboraron una teoría crítica que, aun estando fundamentada en el marxismo y en el análisis del sistema de la economía de intercambio, intentó penetrar el sentido de los fenómenos estructurales por medio de la cultura y el comportamiento colectivo. En oposición con la Sociología norteamericana dominante, la escuela de Frankfurt no aceptaba las especializaciones a ultranza y defendía una teoría de la sociedad entendida como un todo. Por otra parte, aseguraba, realizando un análisis parcial e inocuo que no cumplía otra función más que la de conservación del orden social existente. 

Horkheimer

Horkheimer

En este marco elaboró una crítica a la industria cultural. Max Horkheimer y Theodor W. Adorno advirtieron que las necesidades del mercado de masas imponía la estandarización y la organización, y que los gustos del público conducían a la producción de estereotipos y a una baja calidad de los contenidos. Para ellos, la máquina de la industria cultural desposeía al consumidor de su libertad, lo convertía en objeto en lugar de sujeto. 

De esta manera, la escuela de Frankfurt llevó a cabo una crítica feroz de la cultura de masas, a la cual atribuía una función de dominación de los individuos. La lógica de la industria cultural (de la cultura de masas), en contraste con la alta cultura, obliga a consumir productos estandarizados, pobre y nunca innovadores. Los medios de comunicación de masas son, en definitiva, un instrumento de poder sobre la sociedad que se encuentra en manos de los más poderosos económicamente. 

Estructura social y cultura

Adorno

Adorno

Horkheimer y Adorno se lamentaban del hecho de que la industria cultural roba a los individuos la capacidad de juicio que, desde Kant, había sido el fundamento de la estética occidental (y que, de hecho, es un elemento más de la noción de autonomía sobre la que estamos dando vueltas). Decían, en otras palabras, que la cultura de masas es baja cultura y que, en oposición con la alta cultura, influye negativamente en los individuos hasta convertirlos en objetos. Según Horkheimer y Adorno, la cultura de masas hace que los dominados sigan siendo dominados y que sean unos simples objetos del sistema capitalista. Por lo tanto, tras esta crítica subyace una defensa de la alta cultura. 

Una década después, Pierre Bourdieu (Francia, 1930-2002), en el libro La distintion, en lugar de juzgar la cultura actual a partir de Kant, lo que hizo fue juzgar a Kant a partir de la cultura actual. De esta manera puso en evidencia los elementos dominantes y distinción que esconden tras el gusto “distinguido” (el de la alta cultura). Según el análisis de Bourideu, tras las nociones de alta cultura y baja cultura, por ejemplo, se escondería un intento de distinción de las clases dominantes con respecto de las dominadas. La estética kantiana, pues, podría no ser la estética universal que pretendía el filósofo, sino el reflejo de la estética de una clase social en un momento histórico determinante. 

Para Bourdieu la Sociología permite, mediante la reflexividad, tomar conciencia de las propias determinaciones o, dicho de otro modo, del carácter no esencial, sino relacional, producto de nuestras relaciones, del gusto, de la identidad, etc. De esta manera la Sociología, al evidenciar los determinismos sociales, pone en duda los presupuestos de libertad y autonomía inherentes al individuo moderno. A la vez, sin embargo, se erige en instrumento para alcanzar esta libertad (para conseguir ser algo parecido a individuos autónomos, dice Bourdieu) al ayudarnos a tomar conciencia de las propias determinaciones. 

La cultura y el cuestionamiento del sujeto

La dirección que toma la Sociología posmoderna, que asegura que estamos viviendo una transformación de la sociedad moderna hacia una sociedad posmoderna, En esta sociedad posmoderna, la sociedad de consumo y la proliferación de estímulos e informaciones que nos ponen en contacto con realidades muy diferentes de la nuestra harían que los individuos estuviese tomando conciencia del carácter socialmente construido tanto del gusto como de la identidad. En otras palabras, estarían desarrollando una conciencia reflexiva que percibiría la identidad o el buen gusto como cuestiones socialmente definidas. Por este motivo, dejarían de tener sentido la noción esencial de la identidad, así como las distinciones entre la alta y la baja cultura, por poner dos ejemplos de los que hemos estado hablando. 

La igualdad

Si bien es habitual analizar la desigualdad en relación con las condiciones económicas que caracterizan los análisis de clase social, a continuación examinaremos el desajuste entre el ideal de igualdad y la desigualdad real en lo que a la escuela se refiere. Veremos el papel que ha tenido la Sociología en el debate sobre la igualdad de oportunidades, sobre todo a partir del crecimiento del estado de bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial. 

Educación, meritocracia e igualdad de oportunidades 

Ya desde finales del siglo XVIII la Ilustración vio en la educación una herramienta fundamental para la consecución de sus ideales de libertad, igualdad y democracia, pero también de preparación de la mano de obra necesaria para la economía industrial naciente. Aun así, la implantación universal y obligatoria de la educación en los países más industrializados no fue un hecho hasta un tiempo después. La educación primaria sólo se universalizó en algunos países en la segunda mitad del siglo XIX, y la secundaria, después de la Segunda Guerra Mundial. 

La educación tiene encomendadas diferentes tareas. Por una parte, se le pide que forme a ciudadanos responsables y autónomos y, a la vez, preparados para que sean la fuerza de trabajo (cualificados para trabajar); es decir, que ejerza una función socializadora. Por otra parte, también se le exige que permita a todos los individuos, independientemente de su origen, desarrollar sus capacidades y aptitudes. Y como tarea esencial, a la educación se le pide que asegure el carácter meritocrático de la sociedad: a cada uno según sus méritos, no según sus herencias sociales. 

La Sociología se ha aproximado a esta institución social de varias maneras. Por un lado, existe toda una tradición que analiza la educación como medio para la integración social y la consecución del ideal meritocrático en el sentido de distribución de la mano de obra en las posiciones más adecuadas. El funcionalismo es un ejemplo de ello. Por otra parte, hay otro punto de vista que enfatiza la incapacidad de la escuela para garantizar la igualdad de oportunidades.

Optimismo de posguerra y examen del ideal meritocrático

Ya desde Comte la educación había sido objeto de atención por parte de la Sociología, pero no será hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando aparece la Sociología de la Educación como disciplina autónoma. En el marco del optimismo que acompañó el rápido crecimiento económico de los años cincuenta y sesenta, se dirigió la atención a la importancia de los recursos humanos para el desarrollo tecnológico y económico. De aquí surgió la expansión educativa y, como correlato, la teoría del capital humano, que considera que la inversión en capital humano (educación) genera beneficios individuales (mejor productividad y salario) y sociales (renta nacional más elevada). 

La fraternidad

Hasta ahora hemos podido constatar la relación existente entre la Sociología y los límites en la aplicación de los ideales de libertad e igualdad. Para hacerlo, hemos propuesto algunos ejemplos parciales y concretos que no han permitido bajas a ras de suelo estos ideales tan abstractos. Así, para hablar de los actos, de la libertad, nos hemos centrado en la autonomía individual en el campo de la cultura, y para hablar de los tratos, de cómo se trata a la gente, el tema escogido ha sido la igualdad de oportunidades en la escuela. Ahora acabaremos el recorrido por los tres ideales de la Revolución Francesa con el de fraternidad, otro concepto abstracto y nebuloso que ilustraremos con una cuestión muy concreta. Para bajar a ras de suelo el ideal de la fraternidad, es decir, de los pactos y los vínculos, hablaremos de la identidad en un mundo cada vez más globalizado. 

¿Qué relación hay entre el ideal de fraternidad y las nociones de identidad y globalización? Si pensamos en la misma palabra fraternidad, veremos que proviene del latín frater (“hermano”). El sentimiento de solidaridad no nace del vacío, sino en un marco de referencia concreto (la familia, la nación, etc.). Este marco es el que, en gran medida, define quiénes somos, hecho que está condicionado por cómo nos ven los demás. Y este “quiénes somos” hace referencia a la identidad. En función de cómo esté definido nuestro marco de referencia (familia, nación, amistades, barrio, etc.), nuestra identidad será de una manera o de otra. 

Mundo global y Sociología

Una buena manera de empezar es definiendo el concepto mismo de globalización, que determina el proceso que hace que la población del mundo esté cada vez más relacionada con una única sociedad. Hace referencia, por tanto, a la mundialización. 

La noción de globalización se extendió durante los años ochenta; durante los años noventa ha aparecido en la ciencia social lo que se denomina paradigma de la globalización, que se caracteriza por prestar una especial atención al espacio en detrimento del tiempo. 

Hasta ahora la ciencia social ha dado importancia a los modelos de explicación temporales, como por ejemplo el que fija el estadio en el que se encuentra cada sociedad (sociedad tradicional, sociedad moderna o sociedad posmoderna, por ejemplo). El paradigma de la globalización, en cambio, prefiere estudiar cada realidad sociales contemporáneas: no analiza la realidad de un país en relación con el hecho de que está en vías de desarrollo, sino que centra su atención en las relaciones de interdependencia con el resto del planeta en un mismo momento de tiempo. Así pues, el objetivo consiste en estudiar los procesos socioculturales y las formas de vida que están emergiendo en el nuevo marco global de la vida social (en sustitución del marco establecido por el estado nación). No estudian la sociedad de un país, sino la sociedad mundial. 

Identidad y globalización 

Ahora iremos un poco más allá y, en lugar de relacionar exclusivamente globalización e identidad, analizaremos la relación entre identidad y modernización. En The Homeles Mind, Peter Berger, Brigitte Berger y Hansfried Kellner explican cómo afecta a la conciencia el proceso de modernización (entendido como concomitancia institucional con el crecimiento económico ocasionado por la tecnología). La idea troncal es que se está produciendo lo que se conoce como una subjetivación de la identidad.
 
El tema es complejo, y aquí sólo hemos querido realizar una aproximación que permita dos cosas: en un sentido general, darse cuenta de que la Sociología puede hacer aportaciones interesantes acerca de los límites del ideal de fraternidad; en un sentido más concreto, analizar las relaciones entre globalización e identidad. Cerramos, así, este rápido recorrido por la Sociología que ha ido desde los clásicos hasta la actualidad. Ante el peligro de marear al lector con nombres, escuelas y teorías, estas tres ilustraciones han sido nuestra manera de acercarlo a esta ciencia social que llamamos Sociología.