A Propósito de Pactos [Postelectorales de Gobierno], Una Historia Chilena

Joan del Alcàzar
15 de Enero del 2015

Vamos a entrar en un año electoral. La cita con las urnas es siempre transcendental en democracia, y lo es más cuando un país está en situación crítica como es nuestro caso. La crisis económica, política, social y ética en la que llevamos instalados más de siete años no remite; apenas mejoran las cifras macro, lo que sin ser cosa menor no oculta el 25 por ciento de trabajadores sin empleo, la corrupción sistémica, el ensanchamiento de la brecha de la desigualdad, la patética incapacidad del gobierno presidido por Don Tancredo Rajoy, el ensañamiento con el sistema público sanitario, educacional y asistencial, y un seguido de desgracias y desastres más que no es necesario referir.

Primero vendrán las elecciones locales y autonómicas, cuando la primavera ya esté en su recta final, y cuando se asiente el otoño llegaremos a las generales. Eso si el calendario no sufre modificaciones, cosa que no se puede descartar. 

En unos y otros comicios son previsibles resultados que harán difícil la constitución de mayorías de gobierno fuertes y solventes. Los pactos se harán imprescindibles, tanto más si la mayoría de los ciudadanos se decanta por apoyar opciones partidarias que tengan como objetivo apartar al Partido Popular de cualquier instancia de poder, ya sea local, regional o estatal. El PP de Rajoy es para una mayoría de los ciudadanos una mezcla insoportable de incapacidad, despotismo y corrupción, y no son pocos en sus propias filas los que intuyen el desastre electoral que se les avecina.

En España no existe una cultura del pacto político entre partidos. Esa es una evidencia que demuestra que un sistema democrático de calidad necesita tiempo, mucho tiempo para que los cambios legislativos permeabilicen la cultura política de la sociedad. No hemos tenido suficiente tiempo, a pesar de las décadas transcurridas desde que superamos la dictadura franquista. Particularmente la derecha política española, aunque no solo ella, tiene todavía demasiados resabios autoritarios, sectarios, casi tribales. La percepción del otro más como enemigo que como adversario es el resultado de muchas cosas que se encuentran en nuestra historia, pero sin duda una de esas variables es que la derecha sociopolítica española es incapaz, genéticamente, de colaborar en la construcción de nada de lo que no sea propietaria, arquitecta y gerente vitalicia. 

La oposición a ese gobierno arbitrario, soberbio, insolidario y protector de ladrones de diversa calaña, es plural; mucho. Entre sus variados déficits, esa oposición política tiene una dificultad casi insalvable para el pacto, para la colaboración leal entre sus componentes. La experiencia reciente demuestra que la única solución que esa oposición encuentra para superar su fragmentación y constituir mayorías de gobierno es establecer cuotas en el reparto del poder [dicho sea eso de poder en su acepción más coloquial, que luego resulta que la distancia entre gobierno y poder es grande].

Las cuotas se imponen ya desde el reparto de los puestos de salida en las listas electorales; ya sea entre partidos coaligados, ya sea entre familias políticas cuando se trata de partidos que concurren en solitario. Y claro está, luego ese reparto se reproduce, caso de alcanzar la victoria, en la constitución de los diversos niveles de gobierno. 

Se deduce, por tanto, que el problema más complejo no es el de las elecciones, el de las listas con sus equilibrios y sus repartos; el problema más importante es el del día después. La pregunta tras los comicios previstos para 2015 bien pudiera ser: ¿y ahora, qué hacemos?

Modestamente propongo una respuesta: el cuoteo de nuevo, no. 

En un pasaje de un libro que publiqué hará apenas un año, Chile en la pantalla, recojo la experiencia de Miguel Littin, el afamado cineasta chileno, a propósito de sus problemas con el cuoteo durante los primeros meses del gobierno de Salvador Allende, aquellos en los que reinaba el entusiasmo y todo parecía posible.

Littin fue convocado por el Presidente para ofrecerle la dirección de Chile Films. El cineasta, muchos años después, confesaba lo que le dijo a propósito Pablo Neruda: “No cometa ese error. Ese elefante no lo levanta nadie”. No obstante, desoyendo el consejo del poeta, aceptó el reto de comandar ―ad honorem― la empresa pública del cine chileno. Recuerda Littin que vivió momentos apasionantes, como cuando se constituyeron los talleres de cine, en los que participaron la práctica totalidad de los actores y actrices del momento, así como cantautores de la talla de Ángel Parra o Víctor Jara. Se trató de talleres de creación dramática o documentales, uno de ellos dirigido por Patricio Guzmán. También se hicieron películas dirigidas por Raúl Ruiz, por Aldo Francia y, recuerda Littin, “había un movimiento muy fuerte que lo quería cambiar todo y hacer películas distintas”. 

No tardaron en aparecer los problemas, sin embargo: “…fue muy apasionante hasta que se produjo la burocracia, hasta que se produjo el cuoteo, hasta que, de repente en la mesa, había un delegado de los distintos partidos de la UP y cada uno quería una cuota de películas para su partido. Entonces yo les decía: ‘no se puede cuotear el talento, no se pueden cuotear las películas. Esto no es razonable’. Y entonces empezaron las luchas muy fuertes. Peleas internas porque yo no cedí. No cedí de ninguna manera”. 

Littin habló del tema con Allende en diversas ocasiones, ofreciéndole su renuncia al cargo. El director cuenta que en una de esas conversaciones le dijo al Presidente “lo que yo quiero es hacer cine y que hagamos un cine importante, un cine representativo de Chile, una proyección hacia América Latina y no esta tontera del cuoteo”. Cuenta Littin que Allende coincidía con él, “y un día me dijo —textual― ‘Váyase usted a hacer su trabajo, que yo voy a arreglar aquí a estos huevones’. Yo me fui allá, pero…”.

La situación política interna, no obstante, no mejoró en Chile Films: “seguimos luchando contra la burocracia hasta que yo le planteé a toda la gente, compañeros míos, cineastas del MIR, del PS, del PC, ‘miren, dejemos las oficinas a los burócratas y nosotros nos vamos a hacer cine’”. Littin visitó a Allende, era ya en 1972, “y le dejé al Presidente una carta de seis carillas donde planteé las razones de mi renuncia. Él me dijo: ‘Allende no da renuncias a nadie’. Y se fue. Bueno, el Presidente era así. Yo dejé la carta y me fui de todas maneras”.

Qué bueno sería, pienso, que supiéramos aprender de las experiencias de otros. Que aprendiéramos algo de esa historia chilena que nos contó Miguel Littin. Sin embargo, francamente, no soy optimista.