El Fin No Justifica los Medios

Samuel Schmidt
4 de Septiembre del 2014

Durante muchos siglos los políticos han tratado de justificar las infamias que cometen en el uso del poder; la frase más socorrida ha sido que, el fin justifica los medios, como si aquel que determinó el fin sea infalible, tenga una altura de miras que lo pone por encima del todo social, o que aunque sea, haya tenido una estatura moral elevada y una certeza superior a toda prueba que le permita definir propósitos que se le deben imponer a la gente, por sentado se da, que no importa lo que opinen los demás, su idea se impondrá, para eso está el control sobre los medios, que se justificarán en su momento.

Hay quién sostenga que poder determinar la dirección del sistema y la conducción de la sociedad, es justamente el papel de los líderes y para eso tienen carisma, o por lo menos el poder, aunque esta pendiente determinar de que forma se hicieron de él, y si eso los califica para imponer decisiones. Es por esto que me brinca la duda, si esas decisiones son por definición “buenas” y “correctas”, ¿por qué debe haber la consideración de que hay que justificar los medios? Si se trata de construir opciones positivas para la sociedad en general, los medios estarían justificados de antemano, eliminando esta cuestión del debate, pero parece que no es así.

El problema con la política es que hay una enorme distancia entre lo escrito y la real politik, o sea, el hecho político puro y duro.

Aquel que determinó el fin puede ser alguien que tomó por asalto al poder. Por ejemplo es un dictador que determinó que hay que pacificar al país a toda costa, y a toda costa puede representar desde la persecución de disidentes, hasta una limpieza étnica o un genocidio, pero quién puede oponerse a un fin tan loable como es la paz; entonces los medios que se deben justificar incluyen liquidar a todos aquellos que se oponen al propósito de la paz: atropellar las libertades en nombre de la paz.

Puede tratarse de alguien electo democráticamente, pero que ocultó sus verdaderas intenciones en el proceso electoral, luego entonces al escoger un fin sorpresivo, engaña a la sociedad imponiendo algo que no ofreció, ni prometió y que de haberlo hecho, posiblemente no hubiera sido elegido. El resultado de sus decisiones entonces se descalifica.

La segunda justificación que escuchamos para justificar la infamia, es la Razón de Estado, esto es, masacra a su población y el mundo guarda silencio, por esa misma razón Pinochet aniquila a los disidentes y el mundo termina negociando con el porque así conviene a la economía; por Razón de Estado, Peña Nieto aplasta a la sociedad de Atenco y una parte importante de la sociedad le aplaude porque introdujo orden para una sociedad que protesta contra el progreso.

La Razón de Estado justifica que los políticos hagan todo aquello que beneficia al Estado, y como el Estado representa el bien general y ellos representan al Estado, de antemano quedan justificados los medios que utilizaron por aquello que hicieron. Es así como se instaura la tortura, aplicada desde la Inquisición hasta los gobiernos militares en América Latina, y que en México sigue siendo un método de investigación policíaca.

Es correcto plantear que no se puede promover una iniciativa que no se presentó durante la campaña electoral, porque equivale a tomar por asalto y desprevenidos a los ciudadanos. Las elecciones son el momento para que la sociedad conozca el rumbo por el que los políticos quieren construirla, ocultar intenciones equivale a satisfacer los intereses de unos cuántos, lo que es anti-democrático.

Los políticos harán lo posible por convencer a la sociedad que han escogido lo mejor para todos, pero con más frecuencia de la prudente, ocultan información, especialmente, los beneficiarios y perjudicados últimos de la decisión y entonces requieren justificar los medios necesarios.

De esta manera resulta, que superando esos dogmas políticos, debemos reconocer que el proceso es tanto o más importante que el propósito alcanzado. Los medios son tan importantes como el fin, y ninguno de los dos puede estar justificado de antemano.

Tanto los medios como el fin conllevan una carga moral y un impacto inevitable, es por eso que no puede tolerarse que en nombre de un fin universal loable se destruya la dignidad de las personas. En los campos de exterminio Nazi se incluía la frase El trabajo te hará libre, cuya connotación idealista es indudable, mientras a los prisioneros se los liberaba de la vida, aunque previamente se hacia polvo su dignidad e integridad humana. El relato de Primo Levi es de un gran valor humanista en este sentido.

Hay que exigir cuentas de los políticos de sus fines y sus medios, sin tolerar justificaciones falaces para ninguno de ambos.