Historia y Compromiso en la Novela de la Revolución Mexicana

Ernesto Ortiz Diego
28 de Junio del 2014

El movimiento revolucionario acaecido en el México de 1910 y años sucesivos constituyó fecunda fuente de inspiración para un nutrido grupo de novelistas que, habiendo vivido aquellos acontecimientos o sus posteriores repercusiones, plasmadas en profundas transformaciones en la vida del país, inspiran sus creaciones literarias en los hechos de armas o en avatares sociopolíticos de aquella etapa histórica, ofreciéndonos su particular visión de los mismos y, por lo general, abarcando todo el complejo cuadro que la revolución significó: vida de los soldados en campaña, eco de los acontecimientos bélicos en la población “pacífica”, costumbres y modas, actitudes y formas de expresión, tipos característicos de tal momento y circunstancias. Todo un mundo complejo, abigarrado y a veces pintoresco, que permite inscribir a las narraciones literarias que originó en la corriente costumbrista realista, un tanto a la zaga de su modelo europeo.

Al conjunto de esas narraciones se le conoce por “novela de la revolución mexicana”, que cuenta en su seno con un elevado número de producciones –supera las trescientas-, sin que el ciclo pueda darse, a nuestro juicio, por agotado, puesto que, de modo similar a lo que viene ocurriendo con el de nuestra última guerra civil, aún ofrece ese tema nacional mexicano posibilidades inéditas para el ingenio de los escritores contemporáneos, 

Por tanto. Entendemos por novela de la revolución, no sólo la que versa sobre los aconteceres de la etapa bélica y la que analiza los problemas nacionales derivados de ella sino que incluimos en la serie algunas creaciones que plantean determinados aspectos de la situación socioeconómicas del país en el momento en que la contienda estalla. 

La importancia que se le viene confiriendo a la narrativa de la revolución, en el conjunto de la mexicana e incluso de la española, es tal, que permite a algunos críticos afirmar que fue uno de los pocos grandes momentos, desde el punto de vista de tal difusión que ha tenido la literatura mexicana, vieja en cuatro siglos y que por la presentación viva de una realidad intensa y, en ocasiones, por la novedad de su técnica, es una de las más valiosas manifestaciones de la literatura moderna en lengua española.

Insistiendo en ello, creemos oportuno dejar constancia de que la crítica última ha ce particular hincapié, de una parte en la valiosa aportación que en general supone la narrativa mexicana para la de toda Hispanoamérica, de otra, ciñéndose al caso concreto de la novela de la revolución, se ha llegado a considerar como punto de arranque de la transformación que ha experimentado la novela sudamericana, así por sus novedades técnicas como por sus nuevos enfoques temáticos. De ahí que no resulten hoy infrecuentes opiniones, como éstas que transcribimos, muy significativas al respecto: México ocupa un lugar preponderante en la historia de la novela latinoamericana. La nueva novela aparece después de la segunda guerra mundial, pero sus formas embrionarias se patentizan en la novela de la revolución mexicana.

Al intentar una caracterización generalizadora de esta novela, surge la inevitable necesidad de detenernos en aquellos rasgos que se hacen patentes con mayor o menor insistencia. 

Quizá uno de los más destacados sea su fondo histórico, observable en tantas narraciones que, no sin razón, se le incluye entre las que han dado en llamarse “constantes” de esa narrativa mexicana. De ahí que no sean excepcionales las opiniones que insisten en la íntima unión entre novela y crónica, y entre aquélla y autobiografía como notas sobresalientes.

Con todo, creemos oportuno perfilar el concepto de historicidad, en cuanto atributo aplicable a la novela de la revolución. Sí por novela histórica entendemos la que pretende representar con mayor fidelidad el ambiente, las costumbres y caracteres de una época pretérita; que por lo general mezcla a la acción fingida los sucesos históricos reales, en proporción muy variada; y que por lo tanto, los personajes de ficción entran en relación con los históricos, podemos afirmar rotundamente que la novela de la revolución mexicana entra de lleno en el género de la novela histórica.

Efectivamente, a base de esas narraciones, casi sería factible reconstruir a grandes trazos la historia de la revolución. En realidad, pueden ser la clave que nos facilite la comprensión de la época, de suerte que cabría denominar a algunas “historias noveladas” en vez de novelas históricas. 

Los argumentos no sólo se basan en un hecho real y contemporáneo, como es la revolución, sino que buen número de sus novelas –por de pronto todas las de la primera época- describen episodios históricos, que unas veces serán batallas, otras saqueos, tal vez cambios políticos o, en fin, simples anécdotas. 

Los personajes todos están extraídos de la época y responden tanto a individuos reales –con sus nombres propios o cambiados-, como a determinados tipos surgidos por efecto de la conmoción revolucionaria. 

Sus autores –especialmente los novelistas de la primera época- no tuvieron la necesidad de recurrir a la fantasía, ni siquiera a archivos, libros de historia o lectura de periódicos. Narran generalmente lo que han vivido y, todo lo más, lo que han oído contar de primeras fuentes, de testigos presenciales. 

Innumerables son los testimonios a favor de nuestra aserción. Mariano Azuela (Jalisco, 1873-Ciudad de México, 1952), en su obra maestra Los de abajo, refiere las luchas y vicisitudes de la partida revolucionaria de Julián Medina, guerrillero y general villista, que en la novela aparece tras el nombre de Demetrio Macías. Y el mismo autor, médico de las fuerzas de dicho general, declara que al ser sorprendido por una partida carrancista al amparo de un covachón abierto en peña viva, tomaba apuntes para la escena final de la novela.

De las vicisitudes de la Convención de Aguascalientes, del gobierno provisional de Eulalio Gutiérrez y de otros hechos de menor relieve del bienio 1913-1915, se nos da detallada y elocuente relación en El águila y la serpiente, obra que –procedente de la novela/reportaje- es al mismo tiempo un documento histórico, una novela y una autobiografía. El propio Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976) lo reconoce cuando dice que quiso dar de la revolución el retrato de sus hombres y la pintura de sus escenas, urdidos los unos con las otras y tramado todo mediante un procedimiento tal, que, dando unidad al conjunto y liberándolo de ser historia, biografía o novela, le comunique la naturaleza el rígido encasillamiento de los tres géneros, consiguiendo así el no sencillo resultado de desbordar el rígido encasillamiento de los géneros literarios. 

La bien construida y sugestiva novela La sombra del caudillo constituye una sátira del gobierno dictatoria de Plutarco Elías Calles. Aunque los nombres de los personajes son ficticios, no puede negársele el carácter de novela histórica por ser un fiel retrato –caricaturizado, según algún crítico- de los gobernantes de las instituciones y de la misma sociedad política de su tiempo. 

¿Y qué diremos de Ulises criollo? El largo periodo de la historia de México que abarca, no ha tenido mejor expositor. José Vasconcelos (Oaxaca,1882-ciudad de México, 1959) no es propiamente un novelista –nunca quiso serlo- ya que tuvo su atención solicitada preferentemente por otras disciplinas. No obstante su autobiografia es realmente magnífica: tiene todos los atractivos y excelencias de la mejor novela, a la vez que un gran contenido ideológico e histórico una conmovedora sinceridad y unas opiniones tajantes e inesperadas. 

Cartucho y Las manos de mamá dan de 19 hechos revolucionarios una interpretación empapada de ternura infantil femenina, aunque el carácter de novela de estos relatos se vea sometido a discusión. Caso contrario es La revancha de Agustín Vera (Guanajuato, 1889-1946), cuyo argumento es pura invención, si bien salpicado de constantes alusiones históricas.

En Desbandada pinta José Rubén Romero (Michoacán, 1890-Ciudad de México, 1952), casi retrata, un hecho vergonzoso, aunque no por ello menos histórico y repetido: el saqueo de un pueblo a manos de las hordas de un bandolero, disfrazado con el honroso título de revolucionario. En Apuntes de un lugareño no encontramos ningún hecho sobresalientes; se limita a describir un asunto de historia menuda, la repercusión que tuvo en un pueblo la revolución.

Tierra de Gregorio López y Fuentes, posee también ese poso históricos del que no puede desasirse ningún novelista de la época: narra la vida del campesino de Morelos, su entusiasmo por la revolución, la traición de Victoriano Huerta, el levantamiento del general Emiliano Zapata y su vil asesinato, el triunfo de la revolución y la distribución de tierras con la consiguiente alegría de los campesinos. Todo ello enmarcado cronológicamente. 

Responde, en consecuencia, a su subtítulo La revolución agraria en México

Aunque ignorada por algunas historias literarias Tropa vieja, de Francisco L. Urquizo (Coahuila, 1891-Ciudad de México, 1969), posee una especial significación por cuanto ofrece una visión de los hechos desde el punto de vista del ejército federal. De ella se afirma que está basada estrictamente en la historia.

Cuando los hechos, por su carácter increíble, parecen más que históricas, novelescos, el autor tiene buen cuidado de señalar su veracidad. Este es el caso de Vámonos con Pancho Villa, en donde Rafael F. Muñoz (Ciudad de México, 1899-1972) se inventa un grupo de héroes, protagonistas de acontecimientos reales vividos por hombres de la División del Norte, Aparecen a menudo lugares y fechas, dando así más calidad dramática y realismo a la acción, si bien quizá su valor histórico más importante estribe en las semblanzas de los personajes que intervinieron en la Revolución.

En la crónica-novela México insurgente, el periodista yanki John Reed (EU,1887-Rusia, 1920) narra desde los mismos campos de batalla la Odisea de Ulises anglosajón, perdido en un desierto mestizo en donde las sirenas de la miseria, la cólera, el sufrimiento, la crueldad, el ideal, la rebelión y la amistad cantan por las voces ansiosas de un pueblo enteramente dedicado al proceso de su propia gestación. 

El médico Salvador Quevedo y Zubieta (Jalisco, 1859-1935) en México manicomio –subtitulada Novela histórica contemporánea en la época de Venustiano Carranza- contempla a su país como un gran hospital de locos, recreándose en la descripción de escenas y comportamientos humanos carentes de sentido, en peculiar insistencia en lo absurdo de ciertos aspectos de la revolución.

En Al filo del agua (1947), la trama se desarrolla en un pueblecito de Jalisco. A través de ella, Agustín Yáñez (Jalisco, 1904-1980) pone de relieve el impacto de la revolución en dicho lugar que, por su apartamiento ha vivido inmóvil, enquistado en inveteradas tradiciones, bajo el peso aplastante de un feudalismo clerical.

Cristo Rey o la persecución y La Virgen de los cristeros, de José María Robles Hurtado (Jalisco, 1888-1927), versan sobre el levantamiento cristero, movimiento reaccionario acaecido al final de la década de 1920. Otro tanto podemos decir de San Gabriel de Valdivias, comunidad indígena de Azuela. 

Y así podríamos ir discurriendo por otras muchas noveles, prácticamente por todas, en donde sus autores van escribiendo la historia de la revolución desde las más diversas perspectivas. 

Un segundo ingrediente caracterizador de la novela de la revolución mexicana puede consistir en el compromiso o partido que el autor adopta ante los acontecimientos que narra, valorándolos y enjuiciándolos en sus objetivos, en su desarrollo o en sus resultados. 

No quiere esto decir que a todas esas obras les convenga la denominación de “novelas de tesis” o se les pueda aplicar en la misma medida, porque aunque es evidente que ninguna milita en las filas del arte puro o evasivo –no eran las circunstancias propicias para ello-, los propósitos de los novelistas son diversos: mientras supeditan unos el planteamiento de la acción a una ideología que les interesa dejar patente, otros, procediendo a la inversa, centran su interés en los mismos hechos que narran, relegando a segundo plano su postura ideológica o mostrándosela al lector tan sólo entreverada esporádicamente en el relato. 

Las del primer grupo sí contienen una tesis clara, explícita o deducible del desarrollo de la novela. Sus años de mayor apogeo son los comprendido entre 1930 y 1940. Conviene, con todo, dejar constancia de esa limitación cronológica es necesariamente convencional y sólo válida, por tanto, en líneas muy generales. Así, a nuestro juicio, habría que incluir en este apartado En La rosa de los vientos publicada en 1941 y Frontera junto al mar, cuya publicación se retrasa hasta 1953, ambas de José Mancisidor Ortiz (Veracruz, 1894-Monterrey, 1956) y La Escondida, de Miguel N. Lira (Tlaxcala, 1905-1961), que no ve la luz hasta 1947, etc. Y a la inversa: no todas las obras publicadas en esa década se ajustan a la caracterización que señalamos.

Es por entonces cuando la narrativa mexicana se erige decididamente en arma de lucha sociopolítica. A menudo se reivindica los derechos del indio, del campesino, de los obreros; en una palabra, de los despreciados “pelados”. O bien se condena los abusos del caciquismo o el fraude que el revolucionario en el poder infiere a los que han quedado abajo y de los que previamente se sirvió en provecho propio. 

Forman parte de este grupo, además de los citados anteriormente, autores como López Fuentes [El indio (1935), Mi general (1934)], Martín Luis Guzmán [Chihuahua, 1887-Ciudad de México, 1976] (La sombra del Caudillo [1929]), Mariano Azuela [Jalisco, 1873-Ciudad de México, 1952], (San Gabriel de Valdivias, Comunidad indígena y aun Esa sangre), a pesar de su publicación póstuma en 1956), Fernando Robles (La Virgen de los cristeros y Sucedió ayer) y Mauricio Magdaleno [Zacatecas, 1906-Ciudad de México, 1986], (El resplandor), etc.

Sutil matización la que establece Antonio Castro Leal (SLP, 1896-1981) cuando, refiriéndose a este último autor, afirma de si citada novela que no es “didáctica” sino de admonición, reprobatoria con toda la fuerza de una realidad que pone al descubierto la corrupción del antiguo régimen revolucionario. De hecho Mauricio Magdaleno, de ideología marxista y miembro de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionario (LEAR), niega el derecho a la existencia de la literatura carente de contenido social.

Cabe incluir también en este grupo unas cuantas novelas, localizadas aproximadamente entre 1940 y 1950, que difieren de las anteriores en el enfoque del problema mexicano. Digamos que la meta alcanzada por la novela crítica de la década de los 30, es decir, el rechazo de lo simple anecdótico a favor del planteamiento y análisis de los problemas sociopolíticos, se supera al ampliar horizontes de inquietud. El novelista trata ahora de llegar a descubrir la esencia del mexicano y de lo mexicano, Agustín Yáñez, por ejemplo, postula la necesidad de alcanzar ese propósito arrancando de una visión mexicana del cosmos. A partir de esta ideología nacional se intenta representar la realidad del México contemporáneo y se elige como tema principal el de la vida de los indios y, en general, de las zonas agrícolas, con particular referencia por la del estado de Jalisco, en donde se cree que permanece más pura la forma de ser mexicana. De este modo se trata de captar en la novela la esencia del mexicano. 

Los autores que incluimos en este primer grupo coinciden en no haber militado en las filas de la revolución. Son escritores “de retaguardia”, lo que les permite disponer de cierta perspectiva y neutralidad para proceder al análisis de acontecimientos y de resultados. 

Diferentes son los rasgos temáticos –y técnicos- de las obras pertenecientes al segundo de los apartados que establecíamos, es decir, aquéllos en los que se supedita la carga ideológica a la representación de los hechos mismos.

Adoptan a menudo la forma autobiográfica, adecuada para la narración de recuerdos personales, pudiéndose calificar algunas de ellas de verdaderos reportajes, construidos a base de una sucesión de estampas o cuadros independientes, hilvanados por un tenue hilo argumental, en los que la imaginación ha desempañado un papel insignificante. 

Aunque la redacción de buena parte de ellas está próxima a los hechos –e incluso es simultánea a los mismos- no nos parece legítimo circunscribir la cronología de tales narraciones a la década de los años veinte, puesto que no constituyen excepción las que son posteriores, como por ejemplo Campamento y Tierra de López Fuentes, Cartucho de Nellie Francisca Campobello (Durango, 7 nov. 1889-Hidalgo, 1946), Se llevaron el cañón para Bachimba y Vámonos con Pancho Villa de Rafael F. Muñoz, Tropa Vieja de Urquizo, Apuntes de un lugareño de Romero (publicadas en 1931 o 1932), si me han de matar mañana de Muñoz, Recuerdo que…de Urquizo, Desbandada y Mi caballo, mi perro y mi rifle de Romero, Ulises criollo de Vasconcelos y Las manos de mamá de Campobello (entre 1935 y 1937). Incluso las hay de aparición tan tardía como Huapango (1946) de Celestino Herrera Frimont, El coronel que asesinó un palomo (1952) de Jorge Ferretis (SLP, 1902-1962)) y Fui soldado de levita de esos de caballería (1967) de Urquizo. Pero sin duda, hay que buscar las más representativas entre a algunas de las primeras novelas de Mariano Azuela, que se anticipan a la referida fecha inicial: Los de abajo (1916), Los caciques (1918) y Las moscas (1918). 

Contra lo que cabría esperar de este tipo de novelas –episódicas o autobiográficas- encierran acerca de la revolución y de sus frutos un pesimismo integral, procedente de la postura crítica adoptada por tales novelistas. Se comprometen con sus juicios, quizá no de forma sistemática como en las obras de tesis, pero sí de modo más contundente y explícito. Como muestra de tal afirmación aportamos un texto de Rubén Romero de Desbandadas:

Una ojeada bastó a Perea para darse cuenta de mi completo desastre.

-Esto se acabó, compadrito. ¿Y qué va usted a hacer ahora?
-Comenzar de nuevo a subir la cuesta…
-Pero maldiciendo por fin a la revolución, ¿no?
-No, compadre Perea; pillaje y saqueo no son revolución. Revolución es un noble afán de subir, y yo subiré; es una esperanza de una vida más justa, y yo me aferro a ella.