Partida de Altamirano a Europa

Ernesto Ortiz Diego
10 de Febrero del 2014

En la Iconografía de Ignacio Manuel Altamirano, escrita por Catalina Sierra y Cristina Barros, se encuentra un ensayo sobre los últimos días del Maestro Altamirano en su país rumbo a Europa a donde llevaría la representación de México como cónsul general en España, posteriormente, en Francia. 

Era el 21 de agosto de 1889. La noche estaba negra, lluviosa y fría. Muchos carruajes se agolpaban en la estación del Ferrocarril Central, y de ellos descendía multitud de personas que iban a dar el último adiós a Ignacio M. Altamirano. 

A pesar de la lluvia, que empezó menuda y persistente, y después caía a torrentes, la concurrencia era numerosa, y se agitaba inquieta, como cuando se prevé un importante acontecimiento. 

Era cerca de las ocho y Altamirano aún no llegaba. Este retardo hacia nacer encontrados sentimientos. Se deseaba, por una parte, que acudiese pronto, para estar más tiempo en su compañía en esos instantes de despedida; y también se abrigaba el deseo, pueril hasta cierto punto, pero inspirado por el cariño, de que no se presentase pronto, que el tren partiese, y de que el amigo querido quedase uno o dos días más entre nosotros. 

Por fin, un carruaje llegó a toda prisa, y de él bajaron Altamirano, su esposa Margarita Pérez Gavilán y el licenciado Joaquín Diego Casasús, su yerno.

Los amigos de Altamirano le rodearon, y en aquellos solemnes instantes hubo escenas conmovedoras. Abrazos estrechos y convulsivos; frases entrecortadas; manifestaciones de cariño intenso; desbordamientos de una efusión que se manifestaba con arranques nacidos del alma. 

No sólo los amigos y los discípulos de Altamirano se despedían de él; hombres del pueblo, individuos de las clases humildes, se le acercaron, pidiéndole como gracia estrecharle en sus brazos. Altamirano, el patriota esclarecido, el amigo del pueblo, correspondió a aquella petición abriéndoles los brazos y estrechándolos contra su pecho. Su conmoción llegaba al colmo. Margarita, su esposa, lloraba. 

El Maestro se instaló en el carro pullman que se le había destinado. La multitud se colocó al coche, a pesar de la fuerte lluvia. El literato permaneció de pie frente a una ventanilla, contemplando por última vez a sus amigos. Su mano crispada se asía, convulsa e inquieta, al marco de aquella ventanilla. 

Aun allí recibió Altamirano mensajes de despedida, de las personas que no pudieron asistir. 

Entre la numerosa concurrencia estaba: una Comisión de la prensa capitalina; los señores Cónsul de Italia, José T. De Cuéllar, Telésforo García, Juan de Dios Peza, Eduardo del Valle, Luis G. Rubín, muchos otros que no recuerdan Catalina Sierra y Cristina Barros. Y casi todos los miembros del Liceo Mexicano: dos o tres de éstos faltaron, y fue porque no tuvieron valor para presenciar aquella dolorosa despedida. 

Una música militar ejecutaba aires melancólicos, cuyas notas repercutían en todos los corazones como un gemido de tiernos adioses. Por fin, a las ocho y diez minutos el tren púsose en lento y majestuosos movimiento, y entonces llenaron el aire las notas marciales del Himno Nacional. 

El Maestro estaba de pie y sin sombrero en la plataforma trasera, y agitando su pañuelo. Todas las cabezas se descubrieron, todas las manos se extendieron hacia él, tremolando sombreros y pañuelos. 

El tren se fue alejando, cada vez con más velocidad: su ruido estridente se fue poco a poco desvaneciendo, escuchándose sólo como rumor de lejano torrente…Después…nada…Nos quedaba hondo vacío…El Maestro había partido. 

Partió… pero ha quedado su memoria, imborrable en el corazón de sus amigos, en la república de las letras, y en los fastos de la Patria. Pero el Maestro no regresó a México en vida, fueron sus cenizas las que regresaron en el primer centenario de su nacimiento, febrero de 1934.