Ruben Mora Gutiérrez: Prosa y Poesía

Ernesto Ortiz Diego
27 de Noviembre del 2014

Rubén Mora Gutiérrez nació en Santiago Cuautepec, Gro., el 31 de agosto de 1910. Murió en Chilpancingo el 22 de junio de 1958. Su vida la dedicó a entender el alma del pueblo, para estructurarla en prosa o en verso, y devolver diáfana y sonora. Fue poeta sin libros y con lectores: su palabra iba de voz en voz. 

ALA Y RAÍZ EN LA OBRA POÉTICA DE RUBÉN MORA [1]

Señoras y señores: 

Podríamos empezar haciendo una apología del hombre. Mas ni alabanzas ni justificaciones necesita la palabra conocida. Está bien que encaramados en nuestra propia montaña, queramos hablar de lo que para nosotros tiene significancia poética y deja en las almas el impacto de la belleza. Con sólo cantar el oscuro espejo en que nos vemos, pueden llegarse a dominar ajenos valles y extrañas cimas. La originalidad se encuentra en el modo de tratar los temas que siempre son viejos. Y el problema (para pasar de una generación a otra, sin que el tiempo carcoma nuestras palabras) no es más que decir las cosas de tal modo que siendo tan íntimamente nuestras estén impregnadas de una comunicación cualitativa para el género humano. Porque una es la tierra y una también la misma esencia en cada uno de los hombres: sólo que razones de circunstancia, ausencia de manos de cultivo, abandono suicida y por qué no, a veces guadañas de destino, sitúan a los hombres en parajes distintivos a sus aptitudes. 

Se da siempre el paisaje. La relación humana para mejorar la pluma y producir obra de calidad. La realidad social nunca deja de estar presente. El légamo espiritual vive en cada uno de nosotros. Pero la cualidad para decir cosas trascendentes no se da en almácigo o en pachole como dice nuestro pueblo. 

De aquí podemos afirmar que quien tenga vocación debe forzosamente cultivarse. Al dirigirme a los jóvenes, quiero decir, con lo anterior, que no debemos aceptar coqueteos con la cultura, que debemos desterrar el analfabetismo profesional de quienes se gradúan y se abandonan cuando acaso han pasado el puente de los asnos. Porque la Universidad o cualquiera de las instituciones superiores apenas si dan un mínimo de conocimientos para tener un concepto estragado del mundo y hay que repetir: 

“Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más:
caminante no hay camino
se hace camino al andar”
Antonio Machado (Sevilla, España, 1875-1939)

Desde luego que no he venido aquí a pontificar. Otra es nuestra parroquia. Otro nuestro sermón para explicar la obra de un hombre. Llegamos, pues, a despertar con la única navaja de la palabra la paz de Rubén Mora, quien por ser tan nuestro, nos pone en peligro de cortarnos si se toma el gorjeo del elogio o el grito desmedido para intentar su defensa ante el mundo que le tocó vivir. 

Los vientos de la vida 

Nace Rubén Mora el 31 de agosto de 1910 en Santiago Cuautepec, pueblo de la Costa Chica, “donde la tierra ciñe su cuerpo con la ajustada vestidura de la siembra”. Irrigan este pueblo los arroyos de Ahualoyan y Chomulco. En cuatro barrios se divide: Teocalco, al pie de Zoyamichán; Chomulco, al pie de Cerro Grande; Paxpalan, al occidente por el manantial de su nombre, y Ahualoyan al septentrión. Pero esta división está perdiendo autoridad, pues la mayoría de los habitantes dice vivir en la Villa, en Chomulco o en Cantarranas. El Cerro Pelón, Palo de Arco, Del Cañón, Soyamiche y Tepecisto dominan el poblado, donde se asegura que fueron sembradas las primeras palmas de coco. Las campanas que al decir del poeta, llaman al deber tlacololero, tienen estas inscripciones: “Santiago Cuautepec. Mayo 19 de 1859 por el S. Cura Justo Nava”…”Santa María de S. Styago. Francysco Garcya a Enero 17-1997”. 

Su padre, el general Isidoro Mora Torreblanca, está envuelto en al leyenda. En Costa Chica se habla de él con cariño de vecindario, y el corrido de su muerte, acaecida en Cuautepec, es presencia viva de sus hazañas como acontecimiento de todos por sus valentía y bondad. Su madre, doña Benita Gutiérrez Blanco, pertenecía a una de las viejas familias ganaderas; ejemplo de estoicismo, de carácter, de valor ante la vida; pues cuando el amado esposo murió, Rubén apenas contaba cinco años y los vientos de la Revolución dispersaron el corto patrimonio, quedando sola para luchar por su hijo. 

Eutimia Blanco y Eusebio Gutiérrez fueron padres de doña Benita. Refugio (Yuyo) Mora, y Juliana o Catalana Torreblanca, son sus abuelos paternos. 

Como hijo único andaba bien vestido, las más de las veces “de generalito” y su tío Camerino Gutiérrez, quien todavía tiene fuerzas para pastorear sus cabras, lo paseaba a caballo. 

Las primeras letras las aprendió de labios de doña Benita. Más pronto de lo común ya sabía leer y escribir. Auxiliaba a su compañero de muchos años, el estimado profesor Benjamín Mora Chino a vencer las dificultades del aprendizaje. Cuando éste tenía catorce años, Rubén le ayudaba repasar las lecciones y como reproche cordial al ver que no aprendía el significado de muchas cosas, le decía “Fíjate, pues, Mincho”. 

Tenía doce años. En la casas de don Camerino Santos Armenta, ubicada en la calle del Comercio, recibió un golpe en un ojo. Jugaba con otros niños a los “uvazos”, pequeños proyectiles fuertes, parecidos a las semillas del árbol del paraíso. Entre gritos y asaltos se descuidó, y al asomarse por una de las esquinas de la cocina, el impacto le dejó desviado desde entonces el ojo derecho. 

Doña Benita encargó a don Isaías Lobato la educación de su hijo. En Ayutla terminó la escuela primaria y de allí fue al seminario de Chilapa. Podemos decir que la semilla de la creación poética iba buscando clima para germinar. Aquí despertaron las aptitudes literarias. El latín obligatorio, la rigidez en los estudios gramaticales, el encajonado estudio de preceptiva literaria de la época, dejan sedimentos que él habrá de remover a la hora precisa y a su propio gusto. Grandes son los beneficios que recibe del canónigo Constantino Arizmendi, orador y literato, quien desde la cátedra comenzó a cultivarlo. En los ratos libres pasa el tiempo acrecentando su acervo cultural. Conoce libros cuyo contenido era superior a su curso y no había más afán que la lectura bajo el común denominador de la asimilación y el juicio propio. 

Tres años estuvo en el seminario. Sus bases en las humanidades aquí las obtiene, pese al sistema educativo dirigido hacia la religión. Después marchó a la ciudad de México donde se inscribió en la Escuela Secundaria Número Siete. Hizo estudios de comercio en el Colegio Español de 1926 a 1928; pero, espíritu inquieto, autodidacto, capaz de abrevar en diversas fuentes para extraer de ellas lo más conveniente, ni tomó ninguna especialidad divorciada de las humanidades. 

Estudia en la Escuela Normal. En 1930 regresa a Santiago Cuautepec. Está por acercarse a la hora en que se toma partido político y se definen las intenciones frente a la realidad social. Quiere a su pueblo, pero piensa que el contenido cultural que lleva lo hace inútil para ejecutar actos benéficos a la colectividad, ¡Y qué bien que se da cuenta de ello! De lo contrario se hubiera convertido en el cacique de su región, de esos que por considerarse arriba de sus conciudadanos usan las pocas letras para maquinar un poder de horca y cuchillo. En Cuautepec la tierra es comunal. Nos decía, con algo de tristeza: “Es un pueblo anarquista. No consiente a nadie que lo quiera atender. Los odios se entrecruzan. Yo me vine para no manejar a mi pueblo”. 

Los caminos distantes del terruño lo han convertido en un hombre. Ama con esa pasión propia de la edad y sufre (tal vez) el primer dolor del amor frustrado. La mujer, bella, hace vibrar el alma del poeta. De ahí nace “La potranquita”: al perder a esa mujer que todavía conserva su hermosura: al verla partir con una “lazador mejor” que es un primo de Rubén. Lleva vida de milagro, casi vida de soledad. O lo sostiene su orgullo, o su mucho amor a la vida, o quizá la esperanza, aunque bien sabe que desde entonces “justo es caminé a pié”. 

Radica una temporada en Chilpancingo, y después se establece en Acapulco donde trabaja como agente de ventas en la casa comercial del señor Tejedo. Recorre los lugares de la Costa Grande, principalmente Coyuca de Benítez. Aunque muy lejos vaya, nunca irá lejos del puerto [de Acapulco] que está presente en él y que será filón para su obra. 

En 1940-41 imparte lecciones de español e historia de México en el Colegio del Estado.

De aquí la imagen de su vida: Era el mediodía cuando las tejas de las casas se engañan con su sombra, la hora en que los niños abandonan la escuela, en que parecen llevar entre cuadernos los retoños de la cultura que aspira a renovarse. Rubén Mora platicaba con mi padre que parecen un muñón de poesía o un viejo roble. Entre virutas con olor a cedro por vez primera estreché su mano…Era esbelto, aunque no ágil en el andar, de amplia frente, labios carnosos sin llegar a gruesos; la nariz recta y de amplias alas, en sus ojos hechos para mirar más que para ver había algo de tristeza, movía las manos con la confianza de quien está seguro de lo que dice, y su plática se entendía. 

Desde 1946 se establece en Chilpancingo para dedicarse a la docencia. Por sus clases de latín, griego, etimologías, literatura universal, española y mexicana pasaron varias generaciones: unas comprendieron perfectamente la estatura del hombre y de él y con él hicieron sus primeras armas para los estudios venideros. Otras, quizás impulsadas por el trotar del vacío materialismo moderno, que ven la importancia de la vida en el mayor número de comodidades, sólo podrán decir que con él llevaron la cátedra. 

Falleció el 22 de junio de 1958 en Chilpancingo, Gro. Y su obra literaria es canto de la tierra: No dejó más patrimonio que su palabra y el ejemplo constante de amar a su provincia y el paisaje interior del hombre…

Voz popular para viento del pueblo 

Dice Rubén Mora en su Canto Criollo (Feria de motivos guerrerenses y otros caprichos), miscelánea de recuerdos y trasunto de nuestras esencias: “En mi Canto Criollo canta mi tierra por mi boca, o canto yo, en voces de mi tierra”. De esta afirmación podemos deducir el contenido de su expresión, la utilidad de su existencia y el filo que rasga la realidad para entregarla en formas nuevas. 

Estas palabras están sostenidas por la conducta que no puede ser tachada de oportunista, de camino de evasión, porque sólo quiere “en un lenguaje nuevo decirle al pueblo las elegancias aristocráticas y a la aristocracia, cantarle la rusticidad de los de abajo”, por considerar que “la belleza no es patrimonio de una sola clase, ni de un medio solo, ni una sola ideología”. 

Tal parece que su única y alta misión es recoger lo que vaga por todos rumbos como patrimonio de la colectividad, para devolverlo con las galas de lo que está bien hecho. Por ningún motivo flaquea en sus intenciones. Llega a sentirse avergonzado por no poder corresponder a una distinción que le entrega la ciudad de Guerrero y Altamirano, y, al rehuir la protección oficial, lo hace conscientemente, pues ello implica la ligadura del vivir sumiso y manco está del genio de la adaptación. Sabe que los poemas de concurso desde su parto llevan torceduras, y si triunfa en algunos de ellos, es por la razón simple y llana de traer lo que ve en contenidos poéticos. 

Al analizar su obra, hallamos que tiene especial interés en comunicar algo, procura que esa comunicación sea lo más limpia posible. Nos recordaba a Unamuno:

“No te cuides con exceso del ropaje,
de escultor y no de sastre es tu tarea, 
no te olvides de que nunca más hermosa que desnuda está la idea”. 

Sin embargo, logra armonizar el contenido y la forma, sabe que el oficio de poeta no es oficio de preceptiva. 

Naturalmente tiene sus influencias, pero no es tarea nuestra cavar con bisturí la crítica profana.

Inflexible en sus ideas, introduce en su obra giros populares; es abundante su importancia lexicológica; advertimos que el mundo nuestro tiene ala suficiente para sostenerse frente al tiempo. 

Su poema “Canto Criollo" es la alegría pasajera del falso bienestar de feria, basta señalar sus palabras que llevan ausencia de paz, canto de matraca y fluir de río espiritual, sencillo y claro. ¿Cuándo habla de sandía, filigrana, fiesta pagana; mariposas de zoyate, luna llena, escote florido, espíritu alegre y risueño; mañanas de domingo, sueños de fantasía, fandangos; chilena y son, caminos de boruca y perlas falsas; sin faltar artificios de fuego, cajas de Olinalá y esperanza en la siembra del ejido, ocaso no mete en nuestras almas imagen de pendón y grito abierto frente a la realidad que sabe dura?

Contra el murallón de esta sonaja nos da también el canto triste de recuerdos, de frustración por no ver a su siembra florecida. “El tlacololero”, a más de ser pincel biográfico que pinta en el caballete de nuestras costumbres, tiene en el fondo un “cuadriculado de esperanza” destruido por la injusticia del porfiriato. Aquí no hay el vientre grávido de la artesanía, sino la presencia de una realidad social personificada en la acción del prefecto; donde la huida en “caballo de silla” es apenas instancia para buscar nuevo horizonte. Vemos una desilusión ya apuntada frente al movimiento revolucionario; didáctica en el sentido de que los de abajo (y no olvidar que toda revolución no es más que el cambio a distintos planos de los estratos sociales y el traspaso de la riqueza de unas manos a otras), al llegar a otras cumbres, no deben olvidar su origen. No de otra manera se explica la voz de Lolo Mora cuando recomienda que aunque él sea general el hijo debe ser tlacololero del terreno comunal. 

La bugambilia de la chilena, el paso torvo del bajo tlapaneco y la picaresca del son de Tierra Caliente van camino a la muerte en el desfile de perlas falsas del río que no da bienes a la tierra. Su lugar lo ocupa el tamborcillo triste de reclamo a los dioses. Tambor que en su cuero restirado parece la misma esperanza del sembrador al ver circundada la tierra por fuertes cañones de pedregal. Y el canto melancólico del tamborcillo tiende sus brazos al alto cuello del flautín –tristeza del alma- ante la danza que es la representación de la defensa de la tierra. Las siembras de ilusión, no sembradas por haberse roto el corazón, lindan en lo patético del hombre que guarda sus semillas para mejores años, al contemplar la tierra deslavada…

Tristes pitando van los tlacololeros: denuncia sin rebuscamiento del fracaso de la reforma agraria: grito valiente de quien pensando en el espejismo de la ilusión de los ideales, confirma los malos manejos de los que pasando sobre la sangre fresca del pueblo hicieron de la superficie de la tierra chequera de banco, auto de fe de la esperanza y dolor murria del campesino. 

Grandes serían las citas para presentar nuestra cultura de maíz. Los mayas decían que de esta semilla nació la caña del hombre. Con atole viene a complementarse la alimentación de los niños, la esperanza se finca solamente en el tlacolole, que al fin, polvo mismo de la tierra (con raigambre bíblica) cierra la garganta en el difícil tragar del pinole. Migue Ángel Asturias, en sus Hombres de maíz, parece corresponder a estas palabras. 

Que Rubén Mora era zapatista nadue lo duda. Que el zapatismo fue engañado, todos lo saben. Y esa danza de tiempos de la colonia que tiene tanta vitalidad, porque vital es el problema, no es más que el descontento bordado con ritualismo indígena. 

Y a nosotros nos toca: ¿Algún día dejaremos de oír el tamborcillo y la flauta de atormentado, de estos capitoleros de la historia, que como desesperados terminan su ritual golpeando con cadenas sus cuerpos vigorosos de raíz madre? ¿Veremos, porque sea obra nuestra, que se rompa un día su máscara, y el tigre (símbolo también) vea las caras curtidas, por el dolor y la venganza que ha de canalizarse a roturar la tierra propia y hacerle parir en castigo de salvación todas las semillas que se quedaron en el morral de la esperanza?

¿Surco entre piedras: el hombre? ¿Debemos asistir, un día a cosechar tlacololes ubérrimos y dar respuesta a Rubén Mora cuando con voz de trueno nos pregunta: “¿Qué tanto puede parir un tlacolole entre las piedras?

Del canto propio a la canción anónima será el tránsito de Rubén Mora. Decía Manuel Machado: 

“Mientras no las canta el pueblo
las coplas no son, 
y cuando las canta el pueblo, ya nadie sabe el autor”.

Porque quiero afirmar que no nos han heredado sus fracasadas ilusiones. Y sí confiamos en que “ha de llegar un día en que podamos hablar en proletario, cuando los disfraces de nuestro lenguaje no tengan razón de ser en la diaria desnudez del pensamiento.

De la naturaleza alcancía de colores

Para explicar muchas páginas de Juan Ramón Jiménez los críticos coinciden en afirmar que el oficio de pintor, en un principio, le dejó la paleta y el pincel en la palabra. 

No sabemos cómo responder, cuando leemos páginas enteras de Rubén Mora en que el color juega con desgano infantil y armonía de pintor de genio. 

La naturaleza es en él, pese a ser exuberante, ni motivo de prisión, ni motivo de lucha, ni pie para la soledad. Tan sólo se concreta a ver, a descubrir el escenario para continuar el hilván de la charla. Cuando habla de Cuautepec, dice: “al mismo tiempo que espiga la milpa sus airones dorados, se abría el oro viejo de las flores de calabaza, el oro pálido de las flores de la bandeja y del bule y el oro fresco y discreto de minúsculas floraciones en los sandiyales; mientras, iban asomando tímidamente por las axilas de las hojas largas, los párvulos jilotes con delicados penachuelos de crenchas platinadas”. 

En “horizonte de olvido”:

“Las blancas pedrezuelas dispersan sus brillantes 
escamas, semejantes
a joyas de diamantes…
florecen los tornillo, sus flores donde posa
para tomar su almuerzo, la inquieta chuparrosa
y los rancheros riegan el tesoro
de sus cuentitas de oro…
Vecinas al aguaje de alcaparrosas flavas
Siguen cayendo, cuando maduran, las guayabas
y los vetustos mangos
que había en el arroyuelo, 
parece que llevaron fandangos
hacia el cielo; 
los amates, son higos cimarrones
que caen como canciones”. 

Y en “La novia abandonada”, junto al color del paisaje, vuelve otra vez la esperanza de la tierra florida: 

“Mi tierra es una novia campirana
que se viste de aurora en la mañana
cuajando su pechuga de chaquiras
a la hora de salir a la sabana.
Y se va con su cántaro al aguaje
A pescar pedacitos de paisaje
que nada entre las ondas cristalinas
para después bordarlos en su traje. 
Y en su trópico utópico, verbera
un temblor de propicia sementera
porque la primavera nunca emigra
del cálido ecuador de su cadera”. 

Ciudad del ancoraje, donde crece

Al leer su novela Amar es pecado, se hacen alusiones a Chilpancingo. De esta novela nada más queremos adelantar que tiene valor por su fuerza en el diálogo, por el modo de usar los giros populares y porque la podemos considerar de interés para la lingüística al presentar aportaciones sobre la pronunciación del español en nuestras costas. 

Hay hombres que después de tanto andar deciden hacer vida sedentaria. Rubén Mora lo hace escogiendo esta ciudad [Chilpancingo]. La estampa que nos entrega fechada en 1937, y dice: “el pueblecillo medio español, medio indio, con color, y pensamiento, y sentimiento de mestizo”. 

Decía José Rubén Romero, en su bella y fácil forma de decir las cosas, que no le agradaban las capitales de provincia, porque son asientos de vanidad y escuela de extravagancias. Sabemos que era provinciano, de pequeño pueblo, y que prefería una gran ciudad o un poblado donde el tiempo luce y llega a ser espejo de la angustia. Toda capital a que se refiere tiene su encanto y su mancha, su cutis blanco y su lunar negro, sus calles amplias o con polvo, y sus personajes (que son los que valen), tan llenos de afectación, tan sinceros otros, tan acicaladas las caras femeninas, y tan pobladas de lechuginos que pierden el tiempo en el café o queriendo ahorcar todas las mulas en el juego de dominó. Solares donde el tiempo se cuenta doble, donde la alta sociedad tiene el cuello muy alto sin tenerlo elegante, y, en fin: toda una fauna que los escritores costumbristas nos van entregando de vez en vez en cuentos y novelas. 

Chilpancingo es una capital de ésas. Para los estudiosos de la historia tiene importancia crucial. Para los agentes de negocios es un pueblo muerto. Para los gastrónomos, un almacén del buen comer. Para los cardiacos, un paraíso de descanso por su clima y altura apropiada. Para los noctámbulos, un enorme convento (sin ser muy religiosa) porque no hay clubes de su gusto, la gente duerme temprano o pasea en los jardines con una tranquilidad pasmosa. 

Para los habitantes de Guerrero es el refugio más seguro porque impera la paz, hay pocas notas rojas en sus periódicos y las únicas armas que traen las gentes son la lengua y los ojos; pero, como en todo caso también se tienen, no hay peligro. 

De toda esta serie de gustos y disgustos, Chilpancingo fue en los últimos años hogar de Rubén Mora. Cuando alguien le decía que en vez de llamarse “Chilpanchismes”, contestó casi irritado:

“Es que el chisme es un deporte de personas serias”. 

Aquí define su estancia. Aquí hila los últimos percales para vestir con trapos domingueros el alma y el recuerdo. Cumple aquí abriendo en los espíritus portillos para la perfección. Alimenta a las almas con su dedicación a la cultura y desde aquí se levanta su imagen para saludar al futuro que ha de ser de óptimos frutos. 

El destino de los poetas del pueblo es ése: tomar de la raíz eterna, del tronco medular de la vida, sólo un remedio de ala para penetrar las conciencias. Cumplida la misión se cierra el círculo y caen las palabras sobre el mismo surco para esperar otra vez al espíritu elegido que las haga salir de nuevo en un vuelo de canciones. Patrimonio colectivo, el canto es un instrumento del espíritu. Se ha ido, pero ha llenado nuestros silos de esperanza. 

Ya termino. Grande es su campiña…Algún día la recorreremos haciendo más descansos para columbrar su palabra del pueblo enredada a la torre de la vida. 

Perdonadme: 

Yo sólo he acercado leña al hogar
Sabiendo que en cada corazón existe fuego.
Arturo Nava Díaz. 

ORACIÓN FÚNEBRE

“Daba el reloj las doce y eran doce golpes de azada en tierra…”

Sobre el páramo inmenso de la tierra un nuevo polvo llega. 

Yo estoy seguro que la vida de un poeta no podría unir siete corazones dirigidos a hacer el bien o el mal, porque la vida de los poetas es tan incomprendida, tan vista de soslayo que nunca sus contemporáneos pueden darse cuenta de que sus palabras llevan la dimensión del hombre sobre la tierra con la solemne majestad de la voz del profeta. Como la vida humana no puede escapar de este paréntesis del nacer y el morir, solamente cuando la muerte llega a segar una vida, cuando se pone el desierto, cuando se llena de arena la boca que era fuente de amor y de poesía, vienen los hombres, unificados por el dolor, a llorar sobre esta semilla que ha sido trasplantada al corazón de la juventud. 

Nada hay más doloroso para los pueblos jóvenes que encontrar su corazón vital frente al tiempo, en la voz de los hombres que han nacido en su suelo. Y existe mayor peligro cuando al hacer uso de esa voz, los hombres se convierten en domésticos caballeros andantes que destruyen lo propio por no tener abolengo, y edifican escalas celestiales sobre lo falso, sobre el modelo extraño. Bienaventurados los pueblos que tienen en sus hijos ojos para ver que la obra del hombre es y puede ser la misma en todo clima y en toda latitud, casi guiados por ese maravilloso ejemplo de Emmanuel Kant que no necesito más atalaya que su pueblo de Koenigsberg, y desde allí, sobre la misma torre de su espíritu, creó un sistema filosófico para la humanidad. 

Tierra, tiempo y hombre pueden ser puntos equilíneos para explicar la vida de Rubén Mora, La tierra y el hombre unidos, personificados en él: un hombre que se debe a su tierra, y una tierra que para cantar, mañana, va a necesitar las palabras del hombre. Casi como una estatua grotesca de esa unidad perfecta que es el tlacololero, que más hombre parece una milpa movida por la mano suprema del viento, que nunca puede levantar los pies porque le une a su sangre el cordón umbilical del fuego de la tierra, y que no puede abandonar la máscara porque todavía “no descubre su rostro auténtico”. Y con ese binomio se enfrenta a la hoz que nunca descansa, a ese remolino que se traga juventud y virginidades, lozanía y haciendas, rostros florecientes y músculos vigorosos, lucha contra esa carátula que el mismo hombre ha creado y que con su simple tictac va poniendo talcos y polvos sobre los rostros de las mujeres, tamo amarillo sobre la frente de los hombres apuestos y pátina intangible en el alma de las cosas. Yo creo que Rubén Mora se ha salvado del tiempo, y con él, su tierra.

Supo decir las cosas. Rompió ese nudo gordiano que es un mar de mensajes en la garganta. Tuvo la facultad de entregar a los hombres el misterio de la inspiración. Lo dio en palabra clara, por sencilla, no por alambicada. Conservó la frescura de la metáfora del pueblo y la puso en los labios nuevos, construida fuertemente, para que no la destruyan el uso y la ignorancia.

Todo lo que pueda decirse de él será siempre un canto sencillo. La comprensión de cuando decía: “Canta mi tierra por mi boca o canto yo, en voces de mi tierra”. Amor y fe en un mejor destino hijo de nuestros brazos y presencia de la vida colectiva…Y el afán de “en un lenguaje nuevo, decirle al pueblo las elegancias aristocráticas y a la aristocracia, cantarle la rusticidad de los de abajo”. 

Nunca vivió de espaldas a la realidad. Nos ha dejado el aguafuerte de sus palabras sobre la revolución y anticipó, en aquellos artículos de Acción Social, la situación del líder frente al pueblo. 

Siempre hemos querido hermanar su vida a la de José Agustín Ramírez: cristalinos los dos: ¡Sin agua zarca en el alma! Con el dolor en el pecho y la sonrisa en los labios. Con el canto parido de la guitarra y con la palabra hecha bendición sobre los dones de la naturaleza. 

No podemos recomendar su existencia como la de un santo. ¡Cuántas veces la santidad está lejos de lo humano! ¡Es interés altivo por dar modestamente su yo a la juventud! Entregado siempre a la cultura, con esa constante preocupación de dejar los pecados congénitos en el momento de agregar humanismo al espíritu. ¡No creo que haya hecho males! ¡Tuvo conciencia de la cátedra! ¡Y oídlo bien, jamás confundió la cátedra con la chamba! ¡Horas que hubieran sido invertidas en crear literatura, las puso al servicio de la juventud, porque algo tenía que hacer para vivir!

Su palabra anda viajando ya en los labios del pueblo. Y maravillaos más: un poeta sin libros y con lectores. Nadie tiene un volumen de Rubén Mora, pero cada quien sabe y repite poemas de su numen. 

Cuando menos, en una generación ha dejado su influencia para el cultivo de las letras. Y esa generación, constante, de vivir un duermevela por la vida futura, por cristalizarse en el arte del buen decir o en la factura de un poema, siempre llevará en el alma el rostro que de tanto amar a la tierra será mañana símbolo de ella misma. 

No quería que nadie creciera a su sombra. Nos decía, con esa honradez del maestro consciente de su compromiso, que nunca le imitáramos. Bendecía a los que se escapaban de su giro y no dejaba de tener pasión por los que avanzaban la palabra y el sonido…

Y el sonido…Siempre que muere un hombre, los espíritus mezquinos preguntan: “¿Cuánto ha dejado?” ¡Yo podría asegurar que sonido de dineros no ha dejado; pero el tintineo de su alma para los hombres nunca se podrá cantar, porque sobre el lomo del tiempo los corazones vibrarán con sus palabras, habrán de estremecerse con un libro en las manos y en cada centenario, estará presente el hombre porque habrá de concurrir desde su alto sitial de las estrellas!

No puede explicarse la vida del hombre sin la grata compañía de la mujer. Es ella la que nos quita los instintos felinos, la que hace remanso la turbulencia del espíritu, la que afina con su sonrisa las asperezas de la maldad, la que en una palabra nos hace retrato del bien y caballo domesticado para alcanzar, por vericuetos y acantilados, el misterio de la verdad. Junto a Rubén Mora, el de carne y hueso, estará una mujer también de hueso y carne, que no será la imagen recordada de la que inspira La potranquita o el Canto Criollo, sino la silenciosa presencia de Angélica, hoy, con la herida abierta que nunca cerrará, dueña de todos los recuerdos del alma grande de Rubén, compañera de su barca, único remero bajo la tempestad, bajo la angustia, bajo el dolor. Ella, que es, para él, el más cercano venero del pueblo. 

Él tiene ya su camino: voz de generación en generación. Ella queda aquí, con su dolor y su pena; él con su barca habrá de esperarla en la otra ribera, para coronar sus sacrificios con el beso sin mancha de la eternidad. Sola, con la única riqueza de sus hijos, donde queda el alma del hombre; su alma nunca mezquina, nunca regida por la ambición. Quiero atreverme a afirmar que sobre los cabellos rizados de esos niños, la mejor riqueza que queda es la intención de llamarlos –con un deseo infinito de perfección- con los hombres de los pobladores de Grecia: Rubén el mayor, Dorio y Ático los pequeños, que tal vez no comprendan el viaje de su padre, pero que mañana alcanzarán la perfección que quiso darles con sólo enunciar sus nombres. 

Hemos venido a enterrar a un hombre. ¡Pero os quiero anunciar que lo estamos sembrando! ¡Crezca en paz!

Arturo Nava Díaz
Junio 23, 1958. 

CANTO CRIOLLO

A la feria de Guerrero en Chilpancingo, 1939

I
¡Feria de luz y alegría!
morena feria de amor,
morena por tu color,
morena porque eres mía,
de tu boca de Sandía, 
voy a beberme el sabor 
que me matan de calor
tus ojos de mediodía. 
En tu canto de sirena, 
tu espíritu aventurero
tiene encendido un lucero
para disipar la pena
en esta noche serena
del Estado de Guerrero. 
II
Como una fiesta pagana,
luce Taxco en tus aretes
y te besa los cachetes
von beso de filigrana.
Acapulco se engalana
con sus líricos ribetes, 
poniendo en brazaletes
las perlas de su Bocana.
Gentil sanmarqueña guapa
que te viste de acateca, 
va tu gracia cuautepeca
por la margen del Huacapa
y te arreboza Chilapa
con brizas de Amojileca. 
III
Puso Iguala, en el escote
florido de tu camisa, 
la trigarante divisa 
de su espíritu quijote.
Y tú agradeciendo el moto
que tu bello pecho irisa, 
le has pagado un sonrisa
que sabe a chicozapote. 
Sonrisas de primavera
como flores en dislate,
mariposas de zoyate
que riegas por dondequiera, 
han tejido la quimera
del iris de tu petate.
IV
Tengo una yegua retinta
que mercado en Juchitán
un sombrero de Acatlán
y un ayuteco de cinta.
Es una culebra pinta
la tinta de mi gabán,
se lo robé a Petatlán
en una feria distinta.
Sobre la verde mantilla
de una esperanza barata, 
llevo pendiente una reata 
de fibra de lechugilla
que en los tientos de mi silla,
parece un rollo de plata. 
V
Primor de luz de lucero,
lunada de luna llena,
estrella de nochebuena
del Estado de Guerrero.
Tienes un gusto de acero
que le dio muerte a mi pena,
porque en tierra morena
el dolor es extranjero.
Mi pobre espíritu renco
que siempre vivió de ensueño,
se ha vuelto alegre y risueño
y en la silla de su penco, 
carga un cariño mostrenco 
que anda buscando a su dueño. 
VI
¡Feria de luz y alegría!,
morena feria de amor, 
morena por tu color,
morena porque eres mía. 
Ometepec no sabría
soñar un sueño mejor
aunque ha sido un soñador
de sueños de fantasía…
¡Qué bonito es Chilpancingo
cuando sales de paseo!
Al bajar de San Mateo
la mañana del domingo, 
hasta el agua de Apancingo
se embellece, si te veo…
VII
El toreo es un fandango
adonde tus ojos van,
persiguiendo el loco afán
de olvidarse de su rango.
Allí anda Quechultenango
En un caballo alazán, 
y hay toros de Mochitlán,
y novillos de Zumpango.
Cuando vas a Colotlipa,
bajo tardes nazarenas, 
con su encanto de enajenas
y la pena se disipa
naufragando en la chiripa
del Río Azul de mis venas.
VIII
Si vamos bajo la luna
de un artificio Tixtleco,
veremos quemarse en fleco
la rueda de su fortuna. 
La noche parece una
laguna azul de embeleco
y hay un bajo tlapaneco
que canta en esa laguna. 
Y hay un arpa que se empeña, 
con un empeño creciente, 
en presentar a la gente, 
sobre una artesa pequeña,
a la chilena costeña
y al son de Tierra Caliente. 
En la noche hay derroche
de tenues notas amargas,
y son dos miradas largas
los dos fanales de un coche. 
Mientras desatan el broche
de sus pupilas letargas, 
Margarito Damián Vargas
Pasa tocando en la noche…
Sobre pisadas descalzas
se marchado la boruca…
La luna prendió su nuca
collares de perlas falsas
y yo, camino del Balsas, 
te llevo rumbo a Coyuca. 
X
Emociones de mi arteria
se me fueron a escapar
para poderse robar
el corazón de la feria. 
Y en espíritu y materia, 
Me lo dieron a guardar…
¡Yo me lo voy a llevar, 
para espantar la miseria!
Dentro de un cofre esculpido
Con lacas de Olinalá,
Lo llevo bien escondido
y lo he de sembrar allá, 
para ver si se me da
bajo el amor del ejido

Rubén Mora Gutiérrez
Chilpancingo, Gro., marzo de 1939. 

[1] Conferencia dictada por el poeta Arturo Nava Díaz, en Chilpancingo, Gro., el 21 de junio de 1959. Revista Cuauhtémoc No. 77, 30 de junio de 1959.