El Alejandro de Racine, o la Sumisión del Héroe a la Justicia

Antonio Hermosa Andújar
26 de Enero del 2014

A diferencia de Spinoza o Hume, quizá no sea Racine uno de los autores tras los que el espíritu revolotee cuando tiene necesidad de mantener en pie de guerra la bandera de la cordura en estos tiempos de tórridas turbulencias, pero sí cuenta en su patrimonio con encantos que fácilmente lo seducen en casi toda circunstancia. Uno de ellos es el imán de la belleza, que lo atrae con pasión hacia sus versos y le conduce a peregrinar entre ellos con el éxtasis de quien camina en el interior de una perpetua obra de arte; otro es la singular capacidad de hacernos asistir al parto de la sociedad moderna en medio de escenarios y sujetos en principio del todo ajenos, como la Corte o el Héroe. De ello da fe la segunda de sus obras y primera de sus obras maestras, su Alejandro Magno, un texto escrito cuando el genio contaba apenas veinticinco años, y sobre el que me propongo reflexionar aquí.

Las tragedias de Racine, pese al tema, al estilo o al escenario en el que suelen iniciar su andadura, expresan la extravagancia literaria de preparar la sepultura del héroe protagonista y de la mentalidad que los requiere, deviniendo de este modo paradójicos indicadores de la mutación espiritual de la época. El Alejandro es un buen exponente al respecto. Allí hacen acto de presencia el héroe antiguo y el héroe moderno, así como la nueva criatura alumbrada: y todos son el mismo héroe.

Al principio fue el honor. Es el blasón del héroe antiguo: que no clásico, o mejor, lo antiguo del héroe en Racine. El honor impera en el pecho de la individualidad heroica: dicta leyes a sus emociones, límites a su conciencia y fines a su acción. Anuda a la punta de su lanza el ideal de la gloria y la insta a perseguirla hasta los confines de la tierra, el momento en el que deviene absoluta: la única gloria realmente tal. En esa cacería el héroe hace gala de un valor extraordinario, digno de ser admirado y superado por quienes únicamente se hallan en grado de entenderlo y alcanzarlo: sus pares de otros lares, aunque sean enemigos.

Ahora bien, la gloria se conquista ante todo en el campo de batalla, por lo que la guerra es su instrumento supremo, el ariete mediante el cual derrota cuantos obstáculos le salen al paso. El honor entra en campaña junto a sus escuderos favoritos, el orgullo y la ambición, los dos generales del egoísmo con los cuales convierte en tierra quemada a los demás sentimientos y pasiones que moran en su pecho, desprecia toda vida del entorno, empezando por la suya, y se aísla, en campaña, del ejército al que manda y, tras el éxito, del pueblo que le sirve. Es decir, el honor que ansía la gloria convierte la constelación social en un conjunto de planetas de desigual tamaño que giran en torno a la estrella solitaria del héroe. Sólo alguno de sus subordinados se contamina de un poco de su honor, despidiendo así una pálida luz refleja.

Empero, el aislamiento social inoculado por la gloria en el héroe brilla una luz secreta que la conduce más lejos. Porus, el adversario directo de Alejandro, tiene razón cuando rechaza la paz que en su nombre ofrece su enviado Hefesto; éste destaca la magnanimidad de su señor con el ofrecimiento, pero Porus intenta hacerle ver que el propio Alejandro es el problema: es ya un rey devenido “tirano” (tal será el reproche personal que le dirigirá directamente la reina Axiana en una conversación posterior con Alejandro) porque, sin motivo, ataca reinos desconocidos que no le han ofendido, sembrando así la barbarie a su paso. Y Taxilo, hermano de Cleófila, la enamorada de Alejandro, había hecho notar previamente que había motivos políticos para la paz, y no sólo derivados de su cacareada magnanimidad: la tiranía que puede nacer del dominio heroico, la extensión del imperio, la no cancelación de los recuerdos ‘patrios’ con la eliminación del reino, etc.: y que por eso era mejor la paz entre libres. De hecho, Hefesto mismo no acierta a individuar ninguna otra causa para las conquistas constantes de su amigo y dueño que el aumento de su gloria (de ahí que cuando acuse a Porus de haber rechazado con su actitud “la gloria del perdón”, éste no vea en la velada amenaza sino una confirmación de su pensamiento; y no quita peso al mismo su, en ese instante, ya conocida hipocresía, es decir, querer ser Alejandro).

Con otras palabras, la ley de bronce de la gloria es conducir al héroe más y más allá para, simplemente, ampliarla, empresa que sólo alcanza su fin cuando su trono alza cada una de sus patas sobre un extremo de la tierra: cuando, según señalé antes, se vuelve absoluta. Ésa es la única y genuina gloria, la que no sólo pone a la sociedad gobernada por el héroe bajo sus pies, sino también a los demás héroes, aislándose el afortunado del resto de los mortales como un semidiós. El dominio del mundo es el secreto escondido en el núcleo del honor personal del héroe, un ideal irrealizable y contradictorio, religioso más que político, que sólo demuestra que hasta la forma más depurada de sinrazón se ha hecho con un lugar sobre la tierra.

…Y, de repente, el héroe antiguo ama. Incluso Alejandro, a “una” conquista sólo de implantar su trono en el vértice del mundo, ama. Se ha convertido pues, de pronto, en héroe nuevo. ¿Qué significa amar? Si la pregunta resulta complicada en exceso demos entonces un amago de respuesta presentando algunas muestras del poder del amor.

El honor parecía un destino para el héroe, empujándole hacia la gloria sin dejarle mirar atrás. Le vela el sufrimiento ajeno prendido a la corona de laurel con que se toca, como le incapacita para entender a quien le habla de paz o interpretar el sentido apareado a la novedad, que en rigor o no advierte o la considera peligrosa. Empero, los dilemas trágicos de la tragedia raciniana muestran por doquier el poder de la voluntad de sus héroes, esto es, un desenlace que, en lugar de prefijado de antemano, como en Esquilo y, en parte, Sófocles, adviene tras una elección: que cambiará por tanto en función de cuál se adopte y, en el colmo, que hasta podría no producirse si un concurso de circunstancias en las que siempre e invariablemente interviene la voluntad humana llegara a modificar los términos de la situación. El amor es una de las fuerzas más poderosas a la hora de resolver dicho dilema. Su primera e instantánea victoria es su existencia, el hecho que le hace al héroe trascender el destino personal al que el honor lo había convocado. Al punto, nada menos, de doblegar su orgullo y ponerlo por entero a su servicio.

Por amor, en efecto, se nivelan los rangos e igualan individuos que el contexto no sólo separa, sino que enfrenta; por amor, intereses antaño enfrentados aparecen ahora formando causa común; por amor se deshacen y rehacen lealtades, se alumbran nuevos horizontes, se labra una paz impensada o se reincendia una guerra consumida; por amor, el corazón antes encadenado a un primario sentimiento, el honor, y a sus comparsas, el odio, el orgullo y la ambición, dilata su territorio y amplía su jurisdicción hacia nuevas pasiones, como la “dulzura”, en grado de poner en sordina la brama de las señaladas, cuando no de sumergirlas en las aguas del Leteo; es decir: que por amor el amante es capaz de traicionar voluntariamente el propio honor: “(…) Parlez en souveraine: / Mon coeur met à vos pieds sa gloire et sa haine” [“(…) Hablad como soberana: / Mi corazón pone a vuestros pies su gloria y su odio”], le dice Porus a Axiana, deviniendo así el principal sujeto de la acción política.

Ésos, y más, son sus poderes.

Con todo, en este ámbito, en el que un conquistador loado por su valor y sus victorias incluso por sus enemigos tiembla de pavor ante el parpadeo inesperado de su esclava, muestra pronto la vorágine inaprensible en su superficie. El héroe, nuevo porque ama, no deja de ser antiguo: porque ahora quiere más gloria para ofrecer su incienso a la amada, o sólo para hacerse más grato a sus ojos si cree no haberlos llenado con su mirada. Es decir, que el amor somete al honor, pero no lo extingue. Y su llama puede avivarse en cualquier instante, pues al deseo de gloria siempre le será fácil prender una causa por la que cabalgar de nuevo. Es decir, que entre el amor y el honor no habrá vida fácil, y los actos de rebeldía del segundo siembran el futuro de las relaciones entre los dos amos del corazón y de la conducta del héroe. Por lo demás, el héroe que ama, y que ha cambiado para mejor agrandándose al amar, no por ello deja de ser el dueño del poder y de sus glorias, y si bien ahora edulcora la vida de algunos de sus súbditos ni un instante deja de ser el dueño de la vida de todos. Es decir, que el amor no extingue la tiranía. Añadamos a eso que el amor también puede dar pasos atrás y no ser dueño de su propio destino, como cuando Cleófila, a quien su capacidad de amar no ha afectado a su lucidez ni a su corazón, se vuelve hacia Alejandro tras conocer la muerte de Taxilo implorando a Alejandro venganza contra Porus, desaforado homicida de su hermano.

Es aquí donde, de manera totalmente imprevista, brota el héroe nuevo en pleno corazón del héroe antiguo y moderno: la sepultura del héroe trágico sin más. Alejandro se subleva contra el imperio que el amor por Cleófila ejerce en su pecho, rechaza culpar a Porus por un crimen que, en rigor, no cometió, pues se trató de un enfrentamiento en el campo de batalla, e incluso, recurriendo al perdón y a la magnanimidad, perdonar la insolencia de aquél, pese a ser merecedora de castigo, dado que su sentido de la equidad le había descubierto en la persona del enemigo un héroe digno de él y que actuaba de manera similar a como él lo habría hecho en tales circunstancias. Por eso le devuelve sus reinos, a los que junta los de Axiana, con quien a partir de ahora compartirá futuro. Tales son el conjunto de virtudes – que “igualan vuestra gloria”, le apostilla Axiana (v. 1534) – con las que el antiguo héroe moderno deviene nuevo haciendo justicia.

¿Cómo se ha llegado hasta aquí? A decir verdad, Racine no lo explica. Es casi un exabrupto lógico que se cuela de golpe en el razonamiento confiriéndole un significado nuevo e inesperado, ajeno al orden de valores, incluido el del amor­, explicitado hasta aquí. (No es lo único que permanece inexplicable, pero ahorraremos lo demás). Cabe apuntar, no obstante, una explicación.

La actitud de Cleófila ha puesto de relieve que cuando el dolor lacera el alma no sólo se obnubilan la luz de la razón y el sentido de la justicia, sino que usar del poder en esa circunstancia conduciría una vez más hacia la venganza, un orden más propicio al del honor y, en todo caso, contrario al de la justicia. Por otro lado, en la conversación mantenida entre Alejandro y Axiana, en la que ésta, con su sentido del honor a pleno rendimiento, desoía la petición de aquél de unirse a Taxilo (su amante incondicional y, por ello, el amante por excelencia: aquél también a quien el amor más ofusca la mente hasta el extremo de empujarle hasta la sima de su propio dilema trágico: “Es menester, o que todo perezca o que yo sea feliz” [v. 1244]), Alejandro le recuerda que su actual decisión de amar visceralmente al supuestamente fallecido Porus era una profesión de fe ejercida a última hora, y sólo tras conocer el deceso. Le reprocha, pues, su hipocresía, una criatura desconocida hasta aquí de la esfera del honor.

Mas con esa hipocresía lo que se descubre es un defecto de origen, una impureza en el núcleo de aquél. Y esa impureza constituye una ganga vital del mismo, pues sólo al revelarse impuro muestra que está listo para acoger, para hacer fluir por él la vida. Ahí se contienen los gérmenes del nuevo destino, que lo vinculará a la justicia en lugar de a la gloria.

Así pues, Racine se decanta en su Alejandro por una concepción de la justicia que ofrece un nuevo objeto a un honor que ha perdido su naturaleza de destino, al tiempo que, en relación con el amor, no sólo repele las pulsiones de venganza a que da lugar cuando el dolor oprime el alma, sino que lo desaloja sin más del puesto de rector de la sociedad en el que parecía haberse instalado cuando al brotar en el pecho del héroe desalojaba del mismo al honor; al fin y al cabo, el amor no deja de ser un sentimiento personal que aun cuando en sus momentos sublimes llene de música el corazón de los amantes, y les induzca si son gobernantes hacia gestas de suma belleza social, nunca puede suplantar la función directiva y organizativa de las leyes en la sociedad ni el fin de la justicia como razón de las mismas.

Una nueva teoría política y una nueva estética figurarán entre sus consecuencias.