De Mao A Xi Jinping

Nació, Mao, en el Hunan (Shaoshan) en 1893, de familia, como antes dije, de campesinos pobres. En tensión permanente con un padre tradicional, pero con madera de hombre de negocios en el comercio de los granos. Los conflictos del hijo con el padre se parecen a los de la nueva China con la vieja, con la confuciana que, finalmente, ha sobrevivido entre las llamas. Educado en la obediencia confuciana se uniría, Mao, como ruptura, al pequeño Partido Comunista chino creado en 1921.

A partir de entonces, vivirá las primeras grandes rupturas: la que arranca de la aparición del mariscal Chiang Kai-Chek al frente del Kuomintang, aliado con los comunistas y después su perseguidor implacable. Esa situación de lucha y huida generaría, en 1934, después de abandonar Kiangsi donde se había creado la primera república “soviética” de China, el comienzo de la Gran Marcha hacia las montañas y las cuevas del Yenan –lugar mítico de la gran aventura- a donde se llega, entre batallas y tragedias, como una gran retirada hacia la nada. Lo que se ha llamado la Gran Marcha es la inmensidad. Una retirada de 12,000 kilómetros bajo la persecución de las tropas de Chiang Kai-Chek.

La retirada duró 368 días, se atravesaron 18 cadenas montañosas, se cruzaron 12 provincias y toda parecía perdido. La Larga Marcha –hasta llegar al Yenan- es el inicio, sin embargo, de una nueva mitología que se parece al Anabase de los griegos o la retirada, de Rusia, del ejército de Napoleón de quien se dice, por cierto, que es el autor inesperado y previo, del título del libro de Peyrefitte: “Cuando se despierte China”. Se dice, en efecto, que Napoleón hizo, un día, esa frase.

El ejército en retirada estuvo formado por 130,000 personas. Al Yenan llegaron 30,000. Desde allí se inició, años después, la doble batalla contra Chiang Kai-Chek y contra los japoneses ocupantes de una parte de China: la Manchuria donde crearon un Estado vasallo: el Mandchukuo.

Un impresionante proceso de vidas humanas, ideas y esperanzas que se cristalizaron, primero, en 1949 con la toma de Pekín. El 1 de octubre de ese año se proclamaba la República Popular de China. Todo lo demás, a partir de ese momento iniciático, es el proceso dialéctico de las contradicciones.

El lento ascenso del pueblo chino, la guerra de Corea en 1950; el “proceso”, en 1956, de Stalin por Kruschov, la crisis de hambre en China en los 70. Una suma de hechos que revelan que el hombre es la historia de errores inmensos y aciertos imprevisibles. Marx lo dijo: “Los hombres hacen la historia, pero con los medios que la historia proporciona ex ante”.

Luchas internas en el partido. Se culminan en la barbarie de la Revolución Cultural que controla el propio Mao en 1966. El país, con los Guardias Rojos, vive una especie, terrible, de guerra civil. Mao consigue ser ratificado como líder indiscutible. En 1970, Mao se encuentra de nuevo con Edgar Snow. China comienza a vivir, después de graves crisis económicas, pero, en 1969, en el VIII Congreso del Partido, se acepta que el “Pensamiento Mao Zedong” sea la guía ideológica de la nación. ¿Lo es hoy? Decirlo sería transitar por lo incierto y enrevesado.

Mao le dirá a Snow que China está dispuesta a recibir a Richard Nixon. El 21 de febrero de 1972 lo asombroso deja de serlo: Nixon llega a China en 1972. Henry Kissinger, en 1971 había preparado ya, en un viaje secreto, el encuentro pacífico entre China y Estados Unidos. El comunicado asombroso lo firmaron, Mao y Nixon, en 1972, en Shanghái. Ninguno de los dos podía predecir que, un día, en la primera década del siglo XXI un Premio Nobel de Economía, el estadounidense Robert Fogel, señalaría “que en el 2040, China sobrepasará en PNB a Estados Unidos”.

En 1975 el cáncer que minaba la vida de Mao desde 1972, se hizo más preciso y público. Viviría para asistir a la muerte de su colaborador más extraordinario: Zhou Enlai, el 8 de enero de 1976. La vieja guardia, como él mismo, en vía hacia la muerte. Un superviviente, a su vez, de las persecuciones de la Revolución Cultural, Deng Xiaoping –así es la vida de alertadora inquebrantable- se reincorpora progresivamente al poder. Antes de que muriera Mao, Deng Xiaoping, que por milagro salvó su vida durante la Revolución Cultural, se transforma, en 1978, dos años después de la muerte de Mao, en el hombre más importante de China.

Deng Xiaoping elevará a categoría política la reforma económica que implicará la nueva China. Los estudiantes le pedirán, con la modernidad económica, la democracia. Deng Xiaoping envía, a la Plaza de Tian-An-Men, los tanques en mayo de 1989.

La existencia, con su universo trágico, haría posible que un sobreviviente de la Revolución Cultural iniciara la modernización de la economía china y, a su vez, que no pudiera asumir el tránsito político.

Todo ello, en la niebla del tiempo, está presente en estas horas en que China es el banquero del mundo y cuando, a su vez, las desigualdades sociales y económicas de la China, exportador universal, se convierte, de nuevo, en la espina dorsal de una crisis inevitable: que los chinos quieren asumir el Estado Bienestar. Es la gran catequesis ética de la historia. Nada permanece para siempre. Todo es el viaje del hombre hacia su propio desarrollo humano.

En el 2002, Hu Jintao sustituyó a Jiang Zemin, en la secretaría general del Partido Comunista Chino (PCCh), y en el 2004 Hu Jintao asumió todo el poder en China, al ser nombrado jefe de las fuerzas armadas, además de ser el Presidente de China.

En su carta de dimisión de Jiang Zemin, dijo: “Espero que todo el mundo trabaje duro y siga avanzando bajo el liderazgo del Comité Central del partido, con el camarada Hu Jintao como secretario general. Estoy convencido de que la causa de nuestro partido será testigo de más y mejores victorias”. Y Jiang Zemin no se equivocó China está a punto de sustituir a Estados Unidos como la primera potencia económica mundial. La visita reciente de Xi Jinping, presidente de China, no es una mera casualidad.