José Vasconcelos

Las palabras no se las lleva el viento, pasan los temporales y las mareas de los océanos y en el momento adecuado los hombres libres recuperan las palabras más allá de los huracanes para el cambio del mundo, rememoro por ello las palabras de José Vasconcelos en 1923, el Día del Maestro, ese gran día les dijo:

“El Maestro tiene que ponerse a revisar los valores sociales, tiene que retroceder a los comienzos, tiene que desgarrar la historia para rehacerla, para rehacer la sociedad, para hacer moral, para hacer la historia, sólo así se evitará que los niños repitan las historias del día”.

Lección magistral todavía viva, y más viva que nunca para el día de hoy, Vasconcelos de mente lúcida, decía en ese discurso memorable que no hay nada más que dos clases de hombres: los que destruyen y los que construyen; palabras ardientes, iluminadoras, por eso mediaré por Vasconcelos.

Juan María Alponte, doctor en Historia y profesor de la FCPyS de la UNAM, le conoció y le escuchó su voz en el banquete socrático del diálogo, por ello mismo me pregunto sin más, qué mundo circundaba las guerras de independencia de la América española, la revolución francesa de 1789 era la inmensa campana del arrebato, en 1810 el planeta tenía alrededor de 912 millones de habitantes, hoy somos 6,700,000 millones de seres, México que hoy tiene 112 millones de habitantes contaba en 1810 con 6.2 millones, esa era la población mexicana, desde ese nivel se plantearán como en América en su conjunto las guerras de insurgencias bajo el nombre de americanos.

Vasconcelos señalaba y distinguía a una comunidad de pueblos, con la misma lengua, no pensemos sólo en nosotros, sino en todos los pueblos, que por distintos caminos alumbrados por las mismas banderas, levantaban las banderas de la libertad, era un terremoto de la historia, no olvidemos que entonces los grandes imperios como Inglaterra y Francia eran omnipresentes en el mundo, Inglaterra había terminado con la monarquía absoluta e iniciaba a partir de 1668 el camino hacia el régimen parlamentario y la revolución industrial, esta última era inseparable de las nuevas formas políticas que hicieron posible la mutación económica y el poder imperial.

Al final de la guerra de independencia de Argentina, el canciller George Canning (Londres; 11 de abril de 1779 -8 de agosto de 1827), de Inglaterra, se dirigía a los caudillos de Buenos Aires, con estas nada angélicas palabras “ustedes serán la granja y nosotros la fábrica”, con esa sola frase se establecía el intercambio desigual, los productos agrarios contra los productos industriales, estos últimos se impondrían en el siglo XIX la marca de hierro de la dominación tecnológica.

El mundo de la insurgencia era una lucha de ideas en el cuadro de una inmensa revolución política y lejos aún de las insurgencias americanas, guerra en los mares y guerra en los continentes ese era el inmenso contexto entre la dominación y la libertad.