Morelos, Hace 199 Años

Un día 13 de septiembre, hace 199 años, el cura José María Morelos y Pavón, instaló en Chilpancingo, el Primer Congreso de Anáhuac, y al día siguiente, su secretario, Juan Nepomuceno Rosáinz, le dio lectura a los 23 Sentimientos de la Nación. La palabra de Morelos y acción constituyen, en este día mexicano, la esencia de todo programa social dotado de auténticas vetas populares.

La herencia de El Espíritu de las Leyes escrito por Montesquieu en 1748, 27 años antes del nacimiento del michoacano, había abierto un debate universal. La polémica crecería con la publicación posterior de El origen de la desigualdad entre los hombres y El contrato social de Juan Jacobo Rousseau.

En Inglaterra se consolidaba la revolución industrial como un verdadero cambio en la tecnología, los transportes, la energía de vapor. Durante ese periodo transcurre la adolescencia de Morelos y se fragua su primera madurez política e intelectual. Cuando los parisinos toman La Bastilla (14 de julio de 1789), labraba Morelos la tierra en La Hacienda de Tehuejo, era entonces un muchacho de 24 años, a la vera de Apatzingan.

Su experiencia como sacerdote en curatos pobres y lejanos fue decisiva para su formación revolucionaria. Morelos fue una enorme cabeza pensante. Entre la labranza y el seminario, el curato y la cátedra, el campo de batalla y el trashumante Congreso pionero, se erige como hombre de revolución capaz de entender, con gran claridad, que una política democrática y su estructura constitucional darían vigencia permanente a la causa por la cual moriría.

Llega de manera tardía a las aulas superiores. El ingreso al Colegio de San Nicolás deja huellas profundas en su vida. Su paso por los claustros académicos y los diálogos con el rector nicolaíta, Miguel Hidalgo, tendrían consecuencias definitivas para su formación filosófica y su entendimiento político.

Entre Charo e Indaparapeo, nombra Hidalgo como lugarteniente suyo y le ordena levantar en armas a la costa del sur (hoy Costa Grande, Guerrero). Hidalgo, conocedor del alma humana, vio en su discípulo a un hombre de armas y de revolución, pero también a un hombre de letras, de derecho. Ese doble carácter de nuestro héroe configuró la esencia de su temperamento político y definió el rumbo de aquella revolución triunfante.

A partir del fusilamiento del cura de Dolores se yergue Morelos como líder progresivo de los poderes militar y político. Nadie lo dice mejor que el poeta Carlos Pellicer: "Hidalgo fue un sol que apenas tuvo tiempo de amanecer. Morelos llenó el día y llegó al ocaso, pero pobló de estrellas proféticas la noche magnífica de la Independencia".

El guerrillero envaina el sable. Se transfigura. Concibe las grandes coordenadas del Estado constitucional mexicano. Lo entiende de manera lúcida: es preciso establecer las instituciones y sembrar las ideas que, al margen de los hombres –y al margen de sí mismo- serán las bases genuinas del futuro.

Y éstas son sus metas prioritarias: fincar el orden civil y establecer los supuestos democráticos del nuevo régimen social mexicano, como lo pedía Hidalgo: un Congreso de hombres sabios y dignos que representasen a todas las ciudades y pueblos de la nación.

Morelos es un mártir de la guerra, pero, también –y en primer lugar-, un mártir de la política y de la democracia. No vacila el Generalísimo en asumir por decisión propia el carácter de Siervo de la Nación. Arriesga su vida. La pierde por escoltar con lealtad al Primer Congreso de Anáhuac, representante del honor y de la sabiduría.

Desde Uruapan hasta Tehuacán, el Congreso debate, vota, legisla, sobre curules de piedra. Su paso libre e íntegro sólo puede garantizarse mediante el sacrificio de la escolta y la inmolación de su comandante.

Así ocurre: El Congreso llega a salvo a Tehuacán custodiado por el general Morelos y Vicente Guerrero . Posteriormente, Morelos es emboscado y aprehendido en Tezmalaca. De allí sale prisionero hacía donde será juzgado, degradado y sentenciado a muerte por el Tribunal de la Inquisición. Lo fusilan el 22 de diciembre de 1815. Hoy, dos siglos después, sigue excomulgado.

Concluyo esta evocación del mexicano insigne con palabras del literato Jaime Torres Bodet: "Morelos exalta un símbolo y un augurio, un testimonio y un compromiso, una realidad y una aspiración".