La Falta del Presidente

La silla vacía debe ser conjurada en los regímenes presidenciales. Depositada la titularidad del Poder Ejecutivo en una sola persona, su ausencia se traduciría en un vacío de poder potencialmente perturbador, no sólo para el equilibrio de poderes sino para la gobernabilidad del país.

El espíritu de las reformas recientes tiene como guía la advertencia anterior, amén que el viejo mecanismo para la eventual suplencia presidencial no sólo resultaba excepcional sino abiertamente peligroso.

A diferencia de la mayor parte de los regímenes presidenciales prevalecientes en el continente americano, en el de nuestro país no se contemplaba, hasta antes de las comentadas reformas a los artículos 84 y 85 constitucionales, una figura determinada para sustituir ipso iure al Ejecutivo en caso de ausencia.

Ciertamente, en el Estado mexicano contemporáneo, usualmente delimitado desde 1940 a la fecha, nunca ha habido una falta absoluta del Presidente de la República. Esta continuidad, de hecho, es una de las notas distintivas del sistema político nacional: desde Lázaro Cárdenas hasta nuestros días, todos los presidentes han iniciado y concluido sus periodos sexenales en tiempo y forma.

Los referentes más cercanos sobre la falta absoluta del presidente se encuentran más atrás, en la segunda etapa de la Revolución (1920-1935): Venustiano Carranza, el 21 de mayo de 1920, se convirtió en el único mandatario asesinado en posesión del cargo. En consecuencia, del 1 de junio al 30 de noviembre de ese mismo año, Adolfo de la Huerta ocupó la presidencia provisional de acuerdo con el Plan de Agua Prieta proclamado unos días antes, el 23 de abril, por Plutarco Elías Calles para desconocer el gobierno carrancista. Tiempo después, el 17 de julio de 1928, Álvaro Obregón, quien había sido presidente de 1920 a 1924, pasó a la historia como el único asesinado en su calidad de presidente (re) electo. Empujado por el propio Calles, en ese entonces presidente de la República, Emilio Portes Gil actúo como presidente interino del 1 de diciembre de 1929 al 5 de febrero de 1930.

Las ausencias de Carranza y Obregón pudieron solventarse sin contratiempos legislativos, con el mismo mecanismo establecido en la Constitución de 1917. Pero ello se explica, en buena medida, debido al peso político de los generales sonorenses, en particular de quien, después de la muerte del manco de Celaya, se convertiría en el "jefe máximo de la Revolución": Plutarco Elías Calles.

Pero, cabe remarcarlo, hoy en día no existe ese factótum ni el Congreso es unipartidario ni, mucho menos, una institución débil y subordinada ante el Ejecutivo.

Por lo anterior, al menos desde 1997 los acuerdos legislativos de trascendencia, como sin duda lo es la suplencia presidencial, suelen ser difíciles de concretar. Aunque en unos días pasará a la historia, conviene advertir que, en caso de falta absoluta del Presidente de la República, el artículo 84 constitucional prevé, en primer lugar, que si el Congreso estuviese en sesiones se constituirá "inmediatamente" en Colegio Electoral y, con un quórum de cuando menos dos terceras partes de sus miembros, nombrará, "en escrutinio secreto y por mayoría absoluta de votos", un "presidente interino". Pero si el Congreso no estuviese en sesiones, le tocará a la Comisión Permanente nombrar un "presidente provisional" y convocará a sesiones extraordinarias al Congreso, para hacer lo propio, es decir, designar al presidente interino y expedir, dentro de los diez días siguientes al de la designación de presidente interino, "la convocatoria para la elección del presidente que deba concluir el período respectivo; debiendo mediar entre la fecha de la convocatoria y la que se señale para la verificación de las elecciones, un plazo no menor de catorce meses, ni mayor de dieciocho".

Considerando el ordenamiento descrito, surgía una pregunta simple, clave y ampliamente extendida entra analistas y estudiosos: "¿Y qué pasa si el parlamento, en tanto colegio electoral, sencillamente no logra ponerse de acuerdo o tarda mucho en hacerlo? La respuesta es igualmente simple: la anarquía. En un contexto de marcado pluralismo como el actual, un acuerdo tan delicado tardaría mucho tiempo en darse [...] El dispositivo adoptado por la Constitución es francamente disruptivo, es una bomba constitucional, que en potencia, contiene la semilla del desorden y la quiebra del orden político democrático. Por ello se vuelve indispensable el establecimiento de un mecanismo automático de sustitución que dé certeza a los actores sociales y políticos. Se propone, pues, que el secretario de gobernación se erija en el titular del Ejecutivo, mientras el Congreso llega a una decisión..."