Las Primeras Reformas Políticas

No falta, por ejemplo, quien interprete la primera reforma político-electoral de la era moderna —1963, la figura de los "diputados de partido" que rompe el tedio del absolutismo tricolor— como una de las respuestas del régimen priista a la agitación protagonizada por maestros y ferrocarrileros en 1958-1959. (La otra vendría de la mano firme, dura, endurecida, de Gustavo Díaz Ordaz al frente de la Secretaría de Gobernación: represión a médicos, petroleros, agraristas, estudiantes y otros agitadores del delirio anticomunista. ¿El asesinato del líder agrario Rubén Jaramillo, el último zapatista, a cambio de curules para el pps y el parm? La "democracia" tricolor siempre fue perfectible.)

En la misma tesitura, pero mejor temperada, se sabe con certeza que la reforma política de 1977 fue un efecto puntual del movimiento estudiantil-popular de 1968 y su secuela más trágica: la deriva de grupos radicales que optaron por la vía de las armas tras la masacre del 2 de octubre y su reiteración el 10 de julio de 1971.

Por rutas paralelas, el Estado priista buscó encontrar "salidas" al descontento: la llamada "guerra sucia" contra las guerrillas rural y urbana, y la "apertura" del régimen político a la primera expresión genuina de la oposición de izquierda (Partido Comunista Mexicano) y los residuos de la derecha marginal cristera —el efímero Partido Demócrata Mexicano. La maniobra resultaría efectiva por ambos flancos: el baño de sangre en los sótanos del poder descuartiza la amenaza, en tanto la maniobra del sabio-estadista Jesús Reyes Heroles le limpia la cara desde las alturas. "Lo que resiste apoya", fue la consigna del pragmático. A partir de 1979 llegarían a las cámaras del Congreso sobrevivientes de la represión, ex guerrilleros y activistas sociales.

En un tono menos dramático, pero no necesariamente más relajado, la secuencia del conflicto y la protesta como incentivo al cambio político-electoral conoce su clímax tras el susto de 1988: Cárdenas ganó, Salinas no perdió. El mega-fraude que instalaría a Carlos Salinas de Gortari en la Presidencia de la República genera protestas multitudinarias y un cambio definitivo en la correlación de las fuerzas políticas y sociales. La "apertura" administrada a cuentagotas llega a su fin y la palabra "transición" adquiere velocidad y relevancia.

Aquel año, registra José Woldenberg, "estalla la competencia" pero el régimen monocolor no tenía contemplado "aceptar el veredicto de las urnas". "La etapa de las opciones testimoniales parece quedar en el pasado. Sin embargo, ni las normas ni las instituciones están diseñadas —ni los operadores capacitados— para aceptar las cifras que emergen de las casillas. La noche misma de la elección empieza una espiral de desencuentros que hace patente que el sistema electoral que acompañó al monopartidismo de facto entró en crisis."

La siguiente elección presidencial sería precedida de dos reformas político-electorales (1989-90 y 1993), que continúan lo iniciado quince años atrás: creación del primer ife y la primera versión del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (Cofipe). Pero en 1994 el alzamiento zapatista en Chiapas y el posterior asesinato del candidato priista Luis Donaldo Colosio perturban la "normalidad" democrática del salinismo: "...los candidatos y líderes de los partidos acordaron con el gobierno multiplicar los acuerdos tendientes a garantizar unas elecciones limpias. Fueron semanas febriles en donde el diálogo y la negociación llevaron a reformas constitucionales y legales, a acuerdos en el ife y a decisiones gubernamentales cuyo fin era dar garantía de transparencia e imparcialidad."