Despejando la Incertidumbre

El domingo uno de julio se despejaron todas las incógnitas susceptibles de serlo. Aquellas que, por convención democrática y aritmética simple, hayan podido reflejarse en el estrecho marco de una boleta electoral. Aunque también, de manera un tanto más etérea, las que atañen al clima de opinión, la disposición ciudadana, el ánimo social. La mayor incertidumbre despejada en Guerrero, fue por fin el triunfo electoral de Luis Walton en la presidencia municipal de Acapulco.

Lo primero se resuelve en un nombre —sólo uno— y en las cifras, porcentajes y equilibrios que determinarán la complejidad del nuevo escenario: quién ocupará la Presidencia de la República y en qué condiciones buscará poner en marcha su programa de gobierno en los tres años de la legislatura de arranque. Lo segundo se desprende de aquello, pero se desliza por la vía sutil de la interpretación: las razones del voto y los secretos del mandato expresado en las urnas; los niveles de esperanza, resignación o desencanto en el cuerpo social; la correlación de fuerzas en el imaginario colectivo, el tejido comunitario y la esfera mediática; las múltiples dimensiones de la indiferencia, la impugnación o el antagonismo.

Algo de todo eso se encontraron respuestas en las papeletas del domingo. La combinación de datos duros y metafísica de las pasiones arrojó el producto y sus derivados, secuelas, consecuencias, repercusiones. Cuestión de leer más allá de los números y las apariencias. De atender al bulto sin perder los detalles. De calibrar en su justa medida la magnitud, profundidad, polivalencia del sufragio efectivo en una democracia. De no perder el juicio en el juego de espejos y espejismos ni ceder a la tentación del nuevo cuento edificante de la verdad oficiosa.

¿La justa democrática se agota en la verdad irrefutable de los números fríos y su traducción en espacios de poder? Desde una perspectiva realista, literal y pragmática, no hay la menor duda. El ganador recoge el pergamino que acredita su triunfo, la banda tricolor y las llaves del baño, toma posesión por la puerta trasera y asume el cargo por la delantera. Intenta gobernar como Dios manda y aconseja la fraternidad de los sumisos. El aparato se mueve por inercia, soporta la guerra de ocurrencias y el bombardeo de la ineptitud proliferante. Al final del sexenio México sigue en pie. La formalidad democrática luce gallarda, reluciente, sin mácula.

En efecto, la frialdad de los números resuelve el diferendo: en democracia se pierde y se gana por un millón de votos o por un suspiro de 0.56 por ciento. Sólo que la experiencia apunta hacia otro lado. No a la catástrofe de un cierre de gestión sobre 60 mil cadáveres y a la inminencia de la alternancia como cosecha amarga. Apunta a la memoria de otros días y años perdidos: Al gobierno de Fox y la incapacidad para entender el sentido de las transformaciones y responder con hechos, decisiones políticas y agenda reformista, a la energía civil desatada en las calles y las urnas.

La moraleja es simple y obliga a moderar las cuentas alegres de los nuevos pragmáticos. Los ejemplos de la historia reciente pueden servir, al menos, para relativizar la impronta inaugural de los números congelados en la cédula que certifica el triunfo o la derrota.

Nadie niega lo obvio. Nunca será lo mismo patalear en minoría desde Palacio —gobierno zombi— que marcar la pauta con una aplanadora armonizando en el Congreso. Pero tampoco, valga la suspicacia preventiva, procesar con solvencia democrática la irreversible pluralidad de la sociedad mexicana que ampararse en la legitimidad electoral para ignorar el hervidero de la inconformidad social y el cuestionamiento civil por la degradación politiquera de nuestra vida pública.

¿Cheque en blanco o patente de corso en pos de la “eficacia”, el ajuste arbitrario, el ejercicio discrecional del poder conferido? Sería posible pero no prudente. Sería factible pero no deseable. No en tiempos de penuria y turbulencias, de incertidumbre en el bolsillo y con el tejido social desgarrado por la violencia, la impunidad, la incompetencia.