Nueva Geografía del Poder

La aplanadora que se veía venir se atoró en algún paraje de la campaña. El trabuco priista se "desinfló" —todo es relativo— y el resultado en las urnas dista mucho del escenario que imaginaban los interesados (priistas, patrocinadores, apoyadores) y temían sus adversarios —incluidas franjas de la ciudadanía.

No hubo el equivalente del carro-completo ni mayoría absoluta en el Congreso que parecía "inevitable". Se mantiene el "gobierno dividido" que tanto molesta a un sector de la opinocracia y que el mismo Enrique Peña Nieto ubicó en su discurso como el principal obstáculo a la "democracia eficaz".

El priismo no arrolló en las elecciones concurrentes como celebraban con anticipación; perdió uno de los gobiernos en disputa —Tabasco— y no pudo arrebatar al panismo la otra gubernatura —Morelos— que parecía al alcance de la mano.

El efecto Peña no funcionó en el D.F. El priista obtuvo la mitad de los votos de López Obrador... Y en la contienda local, Beatriz Paredes logra una votación más baja que ella misma en el 2006 y que Jesús Silva-Herzog en el 2000.

Peña Nieto y su partido no pudieron pulverizar a sus adversarios; no a todos ni en todos lados; ni siquiera al más frágil y damnificado de ellos (PAN), cuyos casi 13 millones de sufragios, votaciones respetables en muchos estados y una segunda minoría en el Congreso —contando partidos, no bloques aliados— no pueden despreciarse.

Es justo decir, ahora que está de moda burlarse de los encuestadores, que los sondeos no fueron el único ingrediente en la guerra de percepciones que ubicó a Peña en los cuernos de la luna desde hace años.

Porque, en efecto, las encuestas iban acompañadas una tendencia real en el electorado: la racha ganadora del PRI en los comicios locales después del 2006 y la imponente victoria priista en las intermedias del 2009.

Esta imagen de potencia incontrastable, presagio charro de dominio "absoluto", fue la que alimentó la preocupación por una eventual "restauración" del viejo régimen y sus resortes autoritarios, corporativos, clientelares y corruptos. El viejo pri, con la cara "juvenil" de Peña, se instalaría de nuevo en la punta de la pirámide, monopolizaría la conducción político-administrativa desde el Ejecutivo y marcaría la pauta en el Legislativo.

La transición democrática, interrumpida o empantanada en los gobiernos del pan, podía tomar la ruta de retorno a los viejos usos del poder. Los riesgos o potencialidades del retroceso político eran claros: regresión en materia de transparencia, rendición de cuentas y combate a la corrupción; arbitrariedad y discrecional en un Ejecutivo sin contrapesos; partidización de la administración pública; sesgo electoral en programas sociales y subsidios a sectores sociales; subordinación al Ejecutivo de los organismos constitucionales autónomos (Banxico, CNDH, IFE, INEGI...); retroceso en materia de libertad de expresión, garantías individuales y derechos políticos...

Seguramente hay mucho de eso en la perspectiva de un pri de vuelta a Los Pinos y recuperando los hilos del poder... Pero la visión apocalíptica tendría que moderarse con varios elementos:

  1. Los dinosaurios nunca se fueron; controlan las corporaciones y gobernando en una veintena de estados; muchos de ellos rindieron buenos servicios al panismo gobernante.
  2. Los panistas no han cantado mal las rancheras, aunque en su propio estilo y con la debilidad que los caracteriza.
  3. Los de "izquierda" tampoco pueden negar su cruz, el adn tricolor que los constituye.

Lo cierto es que el priismo encontrará muchas resistencias, mecanismos de equilibrio y control, oposición fuerte en el Congreso y medios acostumbrados a la libertad y la crítica.

En esa perspectiva, es muy buena noticia que el pri no haya logrado la mayoría absoluta en las cámaras, aunque redunde en la complejidad del "gobierno dividido". Porque ello obligará a los priistas a sujetarse a las normas democráticas. Por voluntad o a fuerza.