La Mala Lectura del PRI y de la Izquierda

Es curioso que haya sido la oposición de derecha que transmitió primero la imagen de un grupo de políticos encabezados por Vicente Fox que ganó las elecciones del 2000 gracias a sus habilidades mercadotécnicas y gerenciales en el manejo de la publicidad política con la que habría logrado engañar a millones de electores. El nuevo gobierno estaría ahora intentando trasladar su destreza gerencial a la administración pública. A mi juicio, esta es una explicación simplista que no permite comprender que la derrota del PRI estaba inscrita en un complejo proceso de transición democrática. Distingo dos ciclos de la transición: El ciclo corto y el ciclo largo. El ciclo corto se inició con la crisis política del 88, se extendió hasta las grandes tensiones de 1994 y finalizó con las elecciones del año 2000. Durante este periodo se produjo la transición política a un sistema democrático. Pero las causas profundas de la transición que implica una gran crisis cultural, se inscriben en un sistema largo que se inició en el 88 y que todavía no termina, este ciclo largo contempla la crisis de las mediaciones políticas nacionalistas y el lento crecimiento de una nueva cultura política, es precisamente en este ciclo de largo alcance en donde podemos encontrar las señales de las nuevas formas de legitimidad en los cambios-ajustes que el mismo antiguo régimen propició, podemos reconocer algunas indicaciones.

Por ejemplo, ante la crisis del Nacionalismo Revolucionario, el gobierno priista optó por impulsar el Tratado de Libre Comercio y la Globalización, y después ante los problemas de credibilidad impulsó una reforma política que instauró un mecanismo electoral autónomo y confiable (si no es manipulado), con estas medidas el gobierno priista generó su fin por 12 años, aunque su objetivo fuera todo lo contrario, alargar su permanencia en el poder.

La oposición de izquierda hizo una mala lectura de esta situación, creyó necesario volver al Nacionalismo Revolucionario original, la vieja cultura revolucionaria cardenista e incluso zapatista y desarrolló una actitud populista de desconfianza ante la democracia electoral.

El sector modernizante del PRI también hizo una lectura equivocada, creyó que los sectores tecnocráticos del gobierno empapados de la nueva cultura eficientista y gerencial habían logrado una legitimidad suficiente para ganar las elecciones del año 2000, se equivocaron y su candidato Francisco Labastida perdió la contienda.

Ese desenlace era también una señal de advertencia a los nuevos gobernantes foxistas y calderonistas, sus habilidades empresariales, su talante tecnocrático y su inspiración gerencial, útiles sin duda en las tareas cotidianas de la administración privada no fueron suficientes para garantizar una nueva legitimidad, el nuevo régimen democrático necesitará echar raíces en los mismos procesos de largo plazo que impulsaron la caída del sistema autoritario, lo que no sabíamos que si los gobiernos panistas serían capaz de auspiciar este profundo proceso de cambio o se contentaría con una gestión hábil y decorosa que en el mejor de los casos impediría la quiebra del país.

La historia reciente de otros países latinoamericanos: Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú, Venezuela, nos indica que no estamos a salvo del peligro de naufragio, así el Ángel de la historia, sólo le agradecería al gobierno de Fox en haberse convertido en una eficiente agencia de pompas fúnebres encargada de enterrar el sistema autoritario, pero no lo contemplaría como el gran reformador que hubiese abierto las puertas de la nueva civilidad política y de una cultura política avanzada.

Hay algunas señales inquietantes que el gobierno de Calderón ya de salida afortunadamente, incluso podría contraponerse al curso profundo de la transición contribuyendo con ello, frenar un ciclo que de por si es lento. En todo caso creo que no será posible ni sería benéfica una amalgama entre los mecanismos que el gobierno pueda usar para mantener e incluso ampliar su apoyo popular en los procesos de gestación de una nueva cultura civil y democrática, pero una contraposición entre el gobierno y la nueva cultura cívica emergente sería dramática y desastrosa.