El Cuarto Poder

Las grandes amenazas no provienen de la circulación global de las mercancías, ideas, valores y símbolos culturales, sino de otro proceso que acompaña a la Globalización como su sombra, el fortalecimiento de poderes locales que en muchos casos recuperan tradiciones culturales parroquiales empapadas de costumbres religiosas y fanatismos étnicos, intereses caciquiles o corporativos.

No me refiero solamente a los poderes regionales que surgen gracias a la descentralización o a la federalización, sino también aquellas fuerzas que se aprovechan de la desregulación y autonomía de lo que he llamado el cuarto poder, o los poderes culturales, sobre todo en los medios masivos de comunicación en la educación y en las instituciones religiosas se aprovechan para impulsar no los símbolos globalizadores del neoliberalismo y del mercado mundial, sino una extraña mezcla de rancios valores conservadores con la agresividad soez de los nuevos ricos.

Un coctel de globalización y parroquialismos lo ofrecen cotidianamente muchas declaraciones de los jerarcas de la iglesia, lo mismo que numerosos programas radiofónicos y televisivos, un ejemplo extremo, pero revelador es la cultura del narcotráfico, combinación de catolicismo parroquial con crueles y desenfrenados apetitos de riqueza, de cursilería ranchera con negocios transnacionales.

Otro ejemplo, cuando ciertas costumbres parroquiales se transforman en reglas sancionadas legalmente, en municipios o estados se corre el riesgo de consagrar formas de gobierno integristas, sexistas, discriminatorias, religiosas, corporativas o autoritarias, el ejemplo de Guanajuato el año pasado fue dramático, los usos y costumbres referidos al tabú del aborto fundadas en creencias ético religiosas al ser transformados en ordenamientos legales en un pequeño estado crearon una espectacular confrontación a escala nacional.

La mención de este problema me permite dar un salto para entroncar con la dimensión ética de la cultura política, como es sabido la búsqueda de las fuentes morales del conocimiento y de la política ha llegado a peligrosas actitudes fundamentalistas, traeré como ejemplo metafórico al Califa Omar quien ante el incendió de la gran biblioteca de Alejandría, habría supuestamente (es el mito, es la leyenda) mostrado su indiferencia, los libros que coincidían con las enseñanzas del Corán serían superfluos y aquellos las contradecían serían abominables. La sabiduría antigua podía desaparecer en la hoguera sin peligro de que el mensaje ético fundamental se perdiese, aquí corren peligro tanto la araña como la abeja, una por repetir y la otra por contradecir.

Podemos reconocer formas modernas occidentales de este viejo fundamentalismo, las artes lo mismo que la política, que posiblemente esta última sea una de las artes, estarían llegando al fin de su historia, a un límite en la creación de nuevas alternativas, se ha dicho que hemos llegado a un agotamiento en la producción de estructuras significantes, esta desaceleración del progreso afectaría también a las ciencias y se manifestaría como una reducción drástica de las posibilidades de generar ideas o cánones nuevos, la música en su búsqueda de nuevas secuencias tonales habría roto la relación coherente entre los métodos del compositor y los patrones de reconstrucción musical en la mente de sus oyentes, las artes plásticas se estarían disolviendo en la cotidianidad de la vida humana urbana e industrial dominada por la imageniería bioelectrónica informática. En la literatura, el teatro y el cine, los lectores y espectadores verían evaporarse las secuencias narrativas y los personajes.

Todo esto impulsa fuertes tendencias que privilegian la memoria, es decir, la recolección, acumulación y archivos de bienes culturales y políticos, de memoria política en grandes museos o bibliotecas y en inmensas redes y archivos informáticos; se colecciona mucho, se crea poco.