La Sucesión a la Incertidumbre

Ya se dijo en el punto de partida: piedra angular del sistema político mexicano, automatismo psíquico de una sociedad en busca del Cacique sexenal que la redima, objeto del deseo de la clase política y otras élites boqui-babeantes, la sucesión en el Vértice de la Pirámide transitó hace años de las circunvoluciones cerebrales del Gran Elector a la intemperie salvaje de la lucha política. Del fuero interno, la arbitrariedad y los antojos del Omnipotente --filtrados y operados por la maquinaria guiñolesca: partido único, corporaciones, poderes fácticos-- a la incertidumbre del sufragio efectivo en una sociedad diversa, heterogénea, fragmentada, voluble.

¿Novedad democrática? Sin la menor duda. A pesar de las taras sociales, mentales y sentimentales que implica la obsesión gregaria por el Líder Providencial en todo régimen presidencial que se respete. Pero refresco civilista, al fin, porque supone el paso de la discrecionalidad y la simulación "republicana" a la precariedad del Poderoso Impotente que ejerce el dedazo como error y derrota. De Carlos Salinas de Gortari, en el clímax del autoritarismo sólo quebrado por el asesinato del Virtual Sucesor --la tragedia le hará perder el hilo del segundo "destape"--, a Ernesto Zedillo, quien unge sin ungüento sacramental y cierra el ciclo entregando la plaza.

Después de aquello nada sería igual. Roto el mecanismo de la transmisión hereditaria del poder sexenal --eje articulador del régimen priista--, la investidura perdería su halo de misterio y su despótica dignidad. La tentación de restablecer fueros se traduciría en parodia involuntaria, comedia de enredos, bufonada.

Vicente Fox quiso poder y terminó perdiendo en las preliminares de un partido que no admitió los parloteos de la insana distancia: "...el pan me formó, me dio ideología, ahora debe dejarme gobernar"... Señal de los nuevos tiempos o ineptitud flagrante en el uso de los instrumentos de poder, en el primer gobierno panista el secretario de Gobernación, Santiago Creel, resultó un muñeco de aparador --"Totalmente palacio"-- incapaz de controlar sus propios devaneos: pierde el piso, pacta en la oscuridad con los fácticos de la industria mediática y, al final, muerde el polvo ante el único político de casta (recién expulsado) del gabinete presidencial.

Seis años más tarde Felipe Calderón lo intenta con bravura, pero se le hace bolas el barniz. No por ingenuidad o incompetencia, bien se sabe. Pragmático y sagaz, maniobra y teje fino, concentra y centraliza, recupera al partido como dirección general de asuntos comiciales. El titular de Gobernación, tercero en cinco años, es un objeto funcional, subordinado, sombra de la sombra porque la política se cocina en Los Pinos. Sin embargo, la lealtad como criterio dominante en la integración del equipo pasa factura y cobra caro. No hay figuras de peso, trayectoria y solvencia. Nadie que llene el vacío tras la muerte de Juan Camilo Mouriño. De ahí que el guiño, trasunto del dedazo, el "destape" y la cargada resulten tan espectaculares como inútiles: los panistas parecen resistir el poder de la "línea" por mero instinto de sobrevivencia y el electorado potencial --sondeado por encuestas-- se muestra indiferente a los encantos del improvisado delfín presidencial...

Parodia trágica. Comedia rústica. Materia tóxica para el sistema-pan. El presidente Calderón empeñado en remendar los hilachos del presidencialismo de rancio abolengo tricolor. Ernesto Cordero en caballo de Hacienda directo, clavado, desbocado, hacia los linderos de ninguna parte...

Sólo que en este punto, justo en este punto, el pasado inmediato empalma con la historia en fase de cocción. El relato pierde consistencia por la irrupción abrupta de lo nuevo, incipiente y crudo todavía, en el registro de hechos consumados. Prueba irrefutable, para efectos prácticos, de nuestra elemental falta de perspectiva para observar con método y buena ciencia la disputa por el Poder Ejecutivo en un contexto de pluralidad y competencia.

¿De qué hablamos cuando hablamos de sucesión? No hay distancia ni punto de comparación que no sea la tenebra sucesoria en las cuatro décadas de pleno dominio tricolor (1940-1982) y los sexenios de hegemonía declinante (1988-2000). La experiencia es escasa, brevísima, acotada a dos-procesos-dos realizados en condiciones extraordinarias por definición: el de 2000, último operado según los cánones priistas, parteaguas de la transición; y el de 2006, primero de la alternancia, nublado por la polarización en la contienda y la terrible opacidad del desenlace.