La Sociedad Civil Mexicana

Para muchos teóricos sociales, la sociedad civil mexicana tuvo su génesis después del terremoto de 1985 en la Ciudad de México, pues ante las circunstancias trágicas tuvo que organizarse para las tareas de rescate y reconstrucción, ante la mirada impávida de las autoridades gubernamentales. Con razón o no, este dato histórico al menos es el parteaguas de una sociedad mexicana enquistada y corporativizada, que da el salto a otra más participativa y organizada.

Con el tiempo, la sociedad civil va adquiriendo su autonomía como el principal factor que la caracteriza como tal, en esa posibilidad de alejarse del Estado y del mercado para cuestionar y cohesionarse alrededor de ideas, proyectos y acciones participativas. Con la transición hacia la democracia en el 2000, parecía que el gobierno panista  la apoyaría al cien por ciento, sin embargo la sociedad civil fue relegada de importantes decisiones gubernamentales. Aunque hay que reconocer que en el gobierno de Fox, se garantizó la existencia de OSC y ONG, mediante acuerdos tácitos.   

En el sexenio calderonista la sociedad civil mexicana fue presa de la violencia generalizada, de su desorganización y fragmentación, pues hablar de una sociedad civil mexicana es hablar de un gran mosaico pluri cultural, de ese México profundo al cual se refería atinadamente Bonfil Batalla, donde las desigualdades son claras y precisas, las que se dan en Guerrero, Chiapas, Hidalgo, con esas distintas de Nuevo León donde se encuentra el municipio más rico de América Latina, o las de Sonora, Chihuahua o Querétaro. A pesar de ello, una situación coyuntural unió esas diferencias para compartir una preocupación: la violencia, un fenómeno social que no solamente vulnera al Estado mismo, sino que daña el tejido social y la seguridad de la sociedad civil mexicana, ubicándola en un total estado de indefensión.

Pero observando con detalle, a pesar del negativo impacto de la violencia y de la terca posición del gobierno federal de que las cosas marchan bien y la estabilidad no está en peligro, la sociedad civil logra imponer su sello, sobre todo en la serie de movilizaciones organizadas para denunciar el cuasi estado de guerra imperante. Poniendo en evidencia a las autoridades de los tres niveles de gobierno, aunque lo más interesante aquí, es que se va construyendo una sociedad civil más dinámica y consciente de su papel político.

El movimiento de la marcha por la paz, fue una luz en la oscuridad que pudo mover conciencias y generar una sinergia de fuerza muy motivadora para la organización social, que de alguna forma ha sido detonador para subsecuentes movilizaciones en ese sentido. Así con ésta dinámica, la sociedad civil debe consolidarse, no precisamente como actor contestatario, sino también como sostenedora de una democracia plena, pues es bien sabido de que cuando un gobierno edifica una real democracia (más allá de lo meramente formal) y la sociedad civil se fortalece, ésta ayuda a sostener el interesante balance del sistema democrático.

Esperamos que la sociedad civil mexicana, pronto adquiera el grado de madurez suficiente como para consolidar un México más justo, al menos es el papel que le toca jugar desde el punto de vista histórico.