El Final del Viejo Modelo Feudal, la Hora de la Ilustración

La palabra es inteligible al mundo, las ideas traspasan los océanos y los continentes, y las ideas que conforman la conciencia humana se encuentran, el viejo modelo aristocrático y feudal se fundiría bajo un gran ciclón cultural, el hundimiento de la monarquía absoluta. Un monarca francés, Luis XIV, que fue conocido como el “rey sol”, definió el problema de gobernar de dos maneras: la primera rodó por el mundo como la prueba de una voluntad única de gobernar sin el pueblo “El Estado soy yo”. La segunda estaba grabada en las cureñas de sus coñones con otra frase terrible: “Estas son mis razones, los cañones”.

Cuando murió Luis XIV en 1715, la monarquía absoluta había sido derrotada en Inglaterra con la revolución de 1688, “La revolución gloriosa”, convirtió la monarquía absoluta en monarquía constitucional y el parlamento se transformó en el progresivo poder, el poder parlamentario y los partidos. Los privilegios de una casta, de una clase dominante hereditaria iniciaba su camino hacia un basto entierro que sepultaba el vínculo institucional entre la monarquía absoluta y la Iglesia única.

En Inglaterra un filósofo, John Locke afirmaba que para gobernar civilmente se requería un contrato con los ciudadanos, el siglo XVIII, que llegaría de las Américas coloniales como un gran incendio ideológico comenzó ha autobautizarse en toda Europa, en Francia se llamó el Siglo de las Luces, en los países anglosajones en Inglaterra y sus colonias El Siglo de la Iluminación, en Italia se llamó el Iluminismo, en Alemania se llamó Aufklärung, la censura del Estado y la censura eclesiástica, tenían que abrirse, como decía el poeta Francois Malherbe (1555-1628) en Francia a un hecho nuevo y una frase imposible antes, la existencia de la opinión pública.

El universo ideológico con la entrada en juego de la opinión pública, saludaba un siglo nuevo, Voltaire, cuyos libros estaban en el índice de las lecturas prohibidas por el Papado atacaba a su vez los privilegios de la nobleza y del clero, a su vez un genovés avecindado en Francia que fue la otra cara de Voltaire, Jean-Jacques Rousseau editaba en 1755 su Discurso sobre la desigualdad y pronto su Contrato social, mientras a su vez la publicación de los primeros tomos de La Enciclopedia traducida en varias lenguas y sorteando todas las censuras y las prohibiciones se transformaban en el gran encuentro de escritores y filósofos en busca de un nuevo régimen.

Las ideas incontenibles cruzaban el Atlántico y movilizaban a la vez el debate por la Independencia en las 13 colonias inglesas en América del Norte y en la América colonial española. Los hombres de Siglo XVIII transportarían al Siglo XIX una idea ya imbatible, la libertad. El problema era cómo gobernar, en 1748, un francés, Montesquieu contestó a esa gran pregunta con un libro que todavía es la biblia democrática, El Espíritu de las Leyes que invocaba la separación e independencia de los tres poderes: el gobierno, el congreso y el poder judicial.

El Estado democrático entraba en escena, esa revolución de las ideas convergerían como un gran ciclón del espíritu humano en un acontecimiento universal, la Revolución francesa de 1789, el ciclo de la libertad se iniciaba, con esas palabras dejo para ustedes la gran epopeya que cambiaría el mundo, La Revolución francesa será mi siguiente diálogo con ustedes, todos los grandes cambios son la experiencia común de los hombres y de los pueblos, se vinculan entre sí como el fuego y el hierro, como el espíritu y la letra de la ley que no debe ser nunca una prisión, sino la prueba convivencial consensuada por las normas, el tiempo y la inteligencia son indispensables para conquistar la libertad y la vida, las cosas no ocurren porque sí, o por la real ganas de un dictador, sino por la paciente cabalgada del hombre a través de los milenios para establecer la convivencia entre iguales.