La Gloriosa Política Mexicana

México es un país joven, si partimos de la actual división política. Su entrada al mundo occidental se dio hace unos 500 años, cuando los europeos llegaron a estas tierras. Sin embargo, tiene una historia anterior, independiente de la del viejo continente y que alberga pueblos más o menos conocidos como los aztecas, o enigmáticos como los mayas, o como los desaparecidos toltecas, teotihuacanos y olmecas.

El sistema político de esta tierra que ahora conocemos con el nombre de México, podemos dividirlo en dos grandes formas: las antiguas, las que van desde el siglo XV hacia atrás, poco entendidas por nosotros, y la cristiana, en la que nos hemos formado y dentro de la que actuamos. La llamo cristiana porque es el rasgo que ha caracterizado a los reyes de España –pensemos en el ejemplo inevitable, los Reyes Católicos- y de Portugal, tanto como a los franceses, ingleses e italianos, a los dictadores –Franco y Hitler-, emperadores –como Napoleón y Carlos V- y a los presidentes de las naciones libres y soberanas.

La característica indefectible en la política mexicana ha sido la naturaleza del hombre, esa doble naturaleza: la bondad humana y su perversidad, la ambición desmedida contraria a la solidaridad para con sus congéneres, su fidelidad a los suyos inseparable de la fatal traición. La historia nos cuenta de las grandes hazañas y menciona a Hidalgo, a Morelos, a Juárez, pero también repara y califica de traidores a otros grandes personajes de nuestra memoria –Díaz, López de Santa Anna, Iturbide, la Malinche-. Sólo debemos recordar, porque todos lo sabemos, que las versiones varían de acuerdo a quien cuenta los hechos. Tal como sucede en nuestra vida cotidiana, así ha pasado en los sacros asuntos de Estado.

Pero concentremos nuestra atención en la juventud de nuestro insigne país. De acuerdo a sus actuales límites políticos y su reconocimiento internacional, los mexicanos –los criollos para ser más exactos- empezaron a luchar por su independencia cuando las circunstancias políticas así lo permitieron. Dice el dicho que “cuando el gato desaparece, los ratones se pasean”. Mientras Napoleón Bonaparte le andaba haciendo imposible la vida a Fernando VII, al grado que éste tuvo que abdicar, los españoles nacidos en la Nueva España, y algunos nacidos en la península, debido a una inconformidad ‘política, económica y social’, es decir, razonable, que ya venían arrastrando, aprovecharon el momento para intentar separarse de su madre patria, independizando a la colonia. No fue sólo México quien buscó su independencia beneficiándose de la invasión francesa, sino toda América Latina. Supongo que estaban influidos tanto por la independencia de las Trece Colonias inglesas (los nunca bien ponderados Estados Unidos de Norteamérica) como por la Revolución Francesa (primera en mostrar el color de la sangre real).

En este ir y venir político, algunos nombres se quedan entre la espada y la pared: “si no estás conmigo, estás contra mí”. Tal fue el caso de Fernández de Lizardi, quien por andar atacando a la inquisición y apoyar la libertad de prensa, fue mandado aprehender y ser recluido en la cárcel, por el virrey Francisco Javier Venegas. Pero después, durante la guerra de Independencia, también los insurgentes lo mandan preso porque él no estaba de acuerdo con algunas de sus ideas. Fernández de Lizardi constantemente impugnó los vicios, la pereza, fustigó al clero, a los abogados, a los médicos, a los políticos. Su vida estuvo consagrada a la escritura y la crítica. Además de la vasta obra del autor, también podemos leer su autobiografía apócrifa, escrita por María Rosa Palazón, y cuyo título nos refiere a otro excelso nombre, Juana Inés Ramírez de Santillana (sor Juana), Imagen del hechizo que más quiero. Finalmente, y con gran acierto, podemos decir que estas palabras escritas por Lizardi, son el epitafio a su propia muerte: “Aquí yace El Pensador Mexicano, quien hizo lo que pudo por su patria”.

Otro autor a quien quizá deberíamos poner un poco de atención, es Servando Teresa de Mier, el extravagante hombre de las mil fugas. Su vida y su obra han inspirado a grandes investigadores y escritores (La novela histórica El mundo alucinante, del cubano Reinaldo Arenas, 1969; El increíble Fray Servando, 1959, de Alfonso Junco; y Vida de Fray Servando, de Christopher Domínguez Michael, 2005). Leyendo la vida de este vagabundo hombre, podremos tener nuestra propia opinión del mencionado movimiento independentista.

Justo en el ocaso de la vida de Mier, y una vez que Agustín de Iturbide dejó de combatir a los insurgentes y cambió su estrategia, la élite de la Nueva España vio en éste último al jefe militar capaz de dar un giro a la lucha de Independencia, para hacer a un lado el matiz popular que habían abanderado Hidalgo y Morelos. De esta manera el movimiento se convirtió en un proyecto de la oligarquía novohispana. Hasta un abrazo de paz figura en la historia, entre Iturbide –primero realista y después independentista- y Guerrero, y éste último se sujeta a las órdenes del primero, quien asume su puesto de Jefe máximo. Santa Anna todavía es parte de los buenos y hasta bueno es, pues al vencer a los realistas permite que se retiren hacia Veracruz.

Ya no sufriréis el yugo de los opresores, cuyo lenguaje es el insulto, el artificio y la mentira, y cuya ley está cifrada en su ambición, venganzas y resentimientos. La Constitución española en la parte que no contradice á nuestro sistema de independencia, arregla provisionalmente nuestro gobierno, mientras que reunidos los diputados de nuestras provincias dictan y sancionan la forma que más convenga para nuestra felicidad social.

¿Dónde hemos oído estas palabras? Cualquier parecido con nuestra realidad es mera coincidencia. Este el discurso pronunciado por Iturbide en julio de 1821.

En agosto de ese año, después de escuchar misa, O'Donojú e Iturbide firmaron los Tratados de Córdoba, en los que se reconocía la soberanía e independencia del Imperio Mexicano. Luego, en septiembre el Jefe máximo encabezó el desfile de entrada a la capital y, una vez terminado, se celebró una misa (¡¿otra?!) en la Catedral, en la que se entonó el Te Deum, y de nuevo Iturbide pronuncia un discurso ante la población. Pero, ya confiada la masa y sobre todo, los amigos del Jefe máximo, Iturbide disuelve el Congreso, rompiendo su palabra, lo cual fue increpado por Santa Anna y se rebela. Por supuesto, al Jefe máximo esto no le cayó muy bien que digamos y manda reprimir al infiel. Y vamos con los muertos otra vez: los insurgentes por un lado y los amigos del Jefe máximo por el otro. El efímero imperio termina con la abdicación a la corona y el exilio de Iturbide.

Pero la triste historia de la política de la incipiente nación mexicana no terminó con tan notables sucesos, todavía vendrían después más amigos y enemigos, más lealtades y traiciones, más de veinte presidentes en tan sólo un cuarto de siglo, o “quítate que ahí te voy”. Después de la guerra de Independencia, en México, durante el siglo XIX otras cuestioncillas estaban por suceder: por supuesto, los primeros y que no debemos olvidar, son los intentos de España por reconquistar tan valiosa colonia; la oportuna Independencia de Texas, hecho nada despreciable para que Estados Unidos lograra sus objetivos expansionistas; y en el inter, el famoso pastelero francés que va y pide ayuda a su gobierno para reclamar el pago de lo que alguien le debía, y el gobierno francés, que siempre había envidiado la suerte de España, viene en socorro de su ciudadano. Los mexicanos, como todo aquel que se precie de ser humano, no piensan igual y continúan formando equipos, ahora liberales contra conservadores, en donde vemos al chapulín Comonfort, brincando del bando de los primeros para volverse amigo de los segundos. Por fortuna, Santa Anna se preocupó por fomentar nuestro espíritu patriótico y convocó a la composición de nuestro Himno Nacional, pero ni eso aplacó a sus antiguos amigos. Cuando no son 11, son tres años de guerra y todo porque no se ponían de acuerdo en el orden político, de donde resultó el gobierno itinerante de Benito Juárez, cosa que aprovecharon de nuevo los franceses, motivados por la suspensión del pago de la deuda, y ayudados por algunos preocupados mexicanos, para que Maximiliano y Carlota gobernaran nuestro país durante cuatro años (1863-1867), hasta que por desgracia, Maximiliano fue tomado preso y fusilado por las fuerzas republicanas.

Entre los amigos de Benito Juárez, se encontraba entonces el joven Porfirio Díaz, quien con el paso de los años lo sucedió en la presidencia. Pero, muy triste, tuvo que renunciar a tal puesto en 1911, porque los mexicanos, encabezados por Francisco I. Madero, ya no lo querían; así que Madero, movedor de masas, fue el nuevo presidente, pero no por mucho tiempo, pues su general consentido, Victoriano Huerta lo mandó matar, porque alguien le dijo que también él podía ser presidente, cosa que consiguió por poco tiempo. La política mexicana vive entonces de nuevo un periodo de Revolución, 10 años de lucha, de movimientos sociales, liberales, anarquistas, populistas y agrarios. Aunque inició como un movimiento contra el orden establecido pronto se transformó en una guerra civil. De esta revuelta quedaron muchos muertos: Orozco, el mismo Huerta, Zapata, Venustiano Carranza, Villa y miles de rostros sin nombre.

El siglo XX también es rico en desacuerdos políticos. Después de que Obregón termina su periodo presidencial en 1924, se da la Guerra Cristera, en la que se enfrentaron tropas campesinas alentadas por el clero en contra del ejército federal. Seguido por Elías Calles –como todos saben, fue el fundador del Partido Nacional Revolucionario, antecedente del actual PRI-, quien llegó a un acuerdo con el clero (¡por cierto!, y hablando de este tema, les recomiendo leer El atentado de Jorge Ibargüengoitia: no podrán dejar de carcajearse), con lo que se puso fin a la Cristiada. Obregón entra de nuevo en escena y es reelegido presidente, pero antes de tomar posesión fue asesinado. Dicen las malas lenguas que los tres presidentes siguientes fueron títeres de quien se supone mandó matar al pobre de Obregón, vaya usted a saber. Llega Cárdenas, popular entre los pobres, que son mayoría, y destierra a Calles. Lo recordamos por la expropiación petrolera y la nacionalización de los ferrocarriles; pero su sucesor concilió con la clase burguesa industrial y se enfrentó al inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Paremos aquí, la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI son harto conocidos. Los muertos no han dejado de aparecer: los de Tlatelolco del 68, Clouthier (1989), Colosio (1994), Ruiz Massieu (1994), también aparece en escena el Subcomandante Insurgente Marcos (1994). Además, de los muertos se habla con confianza.

Todos esos movimientos están excelentemente registrados en algunos libros, que en este momento me atrevo a recomendarles (además de los ya mencionados antes):

Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia
Al filo del agua, Agustín Yáñez
El dedo de oro, Guillermo Sheridan
Noticias del Imperio, Fernando del Paso
La sombra del caudillo, Martín Luis Guzmán
Los bandidos de Río Frío, Manuel Payno
Los de abajo, Mariano Azuela.

Nuestra clase política mexicana puede dividirse en dos grandes grupos de hombres, aquellos miserables de pensamiento, que sólo atinan a obedecer y quedar bien con los poderosos, y los ambiciosos de poder, cuyo objetivo en la vida fue escalar y figurar porque lo que más les ha interesado es su imagen, la fama y los aplausos.

Me pregunto si llegará el momento en que los políticos mexicanos tengan como principal objetivo atender las necesidades sociales de una comunidad a la que se supone, representan. Son dos o tres básicas y algunas otras muy útiles para el respeto internacional. Entre las primeras se encuentran: educación (no obligación de entregar títulos a diestra y siniestra), salud (para todos, sin distinción de clase, por el simple hecho de ser mexicanos, porque desgraciadamente los más pobres son los que menos servicio médico pueden pagar) y, la tercera, que no es otorgada de forma directa por el Estado, sino que es éste quien tiene obligación de velar, es decir, de otorgar derechos, permisos y hacer cumplir obligaciones, el trabajo. La gente ociosa puede causar problemas, las personas queremos sentirnos útiles, producir -pero no arbolitos de navidad de plásticos, artículos desechables o vender la vida de los faranduleros-. La gente merece vivir de una forma digna. Quizá sea necesario que nuestros políticos sean personas formadas en buenas escuelas, y no me refiero a caras. Algo debe hacerse para que la política mexicana en realidad sirva para lo que debe servir: el beneficio social.